Foto: Cuánta Razón.

Bondad periodística y valentía informativa

En el territorio de los medios comunicación masivos localizamos a un maestro del oficio de informar, Ryszard Kapuściński, quien nos legó la máxima que sirve para orientar la brújula de la ética del oficio periodístico: “Las malas personas nunca pueden ser buenos periodistas”.

La ética periodística no debe estar dictada por los libros de contabilidad, porque con Santiago Alba descreemos que la prensa sea la empresa. Las salas de redacción de los medios de comunicación deben ser honestas e independientes en términos absolutos del departamento financiero de los mismos.

¿Qué les exigen las multinacionales de la información a sus periodistas? ¿Productividad? ¿Será que el que no fabrica noticias falsas se queda sin empleo? ¿Éxito financiero, aunque este vaya en detrimento de los principios periodísticos? ¿Acaso no es mejor ser veraces, honestos y francos? Dinero, ya llegará.

Lo que más tiene que anhelar un periodista es que el resultado de su trabajo periodístico consienta especial difusión y, sobre todo las cosas, jurarle lealtad a la verdad de los hechos. Que la verdad sea divulgada y muy conocida por la mayor cantidad de personas posibles. En su libro Qué es la literatura, el filósofo francés Jean Paul Sartre escribió: “No debe decirse jamás: ‘¡Bah! Apenas tendré tres mil lectores’, sino: ‘¿Qué sucedería si todo el mundo leyera lo que escribo?’”. Una de las ideas celulares del quehacer periodístico es la ética. La ética periodística es no ocultar la verdad; no mentirla, sino revelarla, correrle el velo con fuerza. Yo creo que lo demás o es un simulacro o es corrupción.

La verdad es que hablar de medios de comunicación encierra una paradoja, porque la comunicación se da cuando hay interacción, cuando hay interrelación. Según garantiza el diccionario, hay comunicación cuando hay reciprocidad, cuando hay retroalimentación entre el receptor y el emisor. Sé que posiblemente estoy siendo retórico y citando una verdad de Perogrullo. Pero ocurre que muchos medios de comunicación solo hablan, y no escuchan al receptor, es decir, a la audiencia. Su comunicación es en una sola dirección. Su diálogo es en un solo sentido; no es más que un monólogo. En realidad solo son medios de emisión, son emisores. ¡Bla, bla, bla y nada más! Incurren en una contradicción morrocotuda.

La televisión es el más trivial de los medios. Considera que la distracción es un negocio. Y en verdad es su negocio, el de idiotizar. Emboba a la gente con su telebasura. Su mercancía es la televisión chatarra.

Los medios de manipulación masiva emplean intencionalmente la técnica de propaganda nazi de repetir una y mil veces los mismos rumores mentirosos hasta despertar la curiosidad y el interés del público por determinados temas, para luego mantenerlo en suspenso y sediento en relación con dichos asuntos. Así es como se genera una matriz de opinión.

No nos digamos mentiras: para los medios dominantes prima el libro de contabilidad sobre la ética periodística. Por eso, apelan al recurso de distorsionar la realidad objetiva, a fin de ejercer dominación social y mental. Existe un divorcio entre la ética y la ambición desmedida de lucro. Son fieles a sus principios comerciales y a la ambición financiera de convertir en dinero la información. Seamos realistas: entre la ética periodística y los libros de contabilidad no hay compatibilidad. Parafraseando a Ryszard Kapuściński, valga decir que en nuestros días la ética periodística supone estar provisto de un corazón valiente, además de bondadoso.

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