El “churchillcito” de los gringos

Por Felipe A. Priast @priast

La afición de Winston Churchill por la bebida es una cosa de leyenda. Dicen sus biógrafos -y hay muchos biógrafos de Churchill, pero todos concuerdan en esto- que los desayunos del acartonado Winston eran con gin & tonic, sus almuerzos con varios jereces como aperitivo, acompañados de buenos clarets y vinos borgoñones; y a partir de las 5:00 PM, era cuando empezaba en verdad a beber. Whiskey, whiskey y más whiskey, menú etílico que solo era interrumpido después de las comidas para darle cabida a añejos vino de Porto, o coñacs de los buenos. Antes de acostarse, dicen sus biógrafos, Winston se llevaba un ultimo whiskey a su recámara, con el que cerraba el día y su apretada agenda política. Y así, con esa vida a medio palo, ganó dos guerras mundiales y participó en otros tantos conflictos, saliendo de todos ellos sin un rasguño.

Pero el regordete Winston no ha sido el único personaje de la historia aficionado a la bebida. Alejandro Magno, el genio militar más grande la historia, eran tan aficionado al vino, que hay quienes culpan a este de su muerte prematura. Igual con Ulises Grant, el famoso comandante del Ejército Unionista Americano, quien derrotó a su némesis, el temido General Lee, con un barril de whiskey instalado en su puesto de comando de forma permanente.

Sin embargo, no hay que confundirse. El alcohol no es la receta para el genio militar. Estos individuos mencionados anteriormente fueron grandes comandantes, independientemente de su alcoholismo progresivo. Churchill fue uno de los líderes del bando aliado en su primera guerra mundial mientras que Alejandro conquistó Asia Menor antes de caer en los brazos de Dionisio; y Grant participó en la Guerra de México de 1846-1848 con un desempeño notable. Los problemas surgen cuando estúpidos ignorantes con poder creen que el alcohol guarda los secretos del genio militar, que fue lo que ocurrió en Colombia, con catastróficas consecuencias.

Desde que tengo memoria, no recuerdo a un peor ministro de defensa que Guillermo Botero, una de las aberraciones más grandes de la política colombiana en toda su historia, que ya es mucho decir. Su alcoholismo, en lugar de inspirar una mente brillante, es solo un mecanismo práctico para borrar de su memoria la política criminal desplegada durante los 15 fatídicos meses que duró su trágico ministerio, uno de los periodos mas sanguinarios en la historia de Colombia. En estos 15 meses cientos de líderes sociales fueron asesinados, miles de campesinos sacados de sus tierras, docenas de indígenas masacrados y numerosos exguerrilleros emboscados, torturados y asesinados.

El Ministerio de Defensa se transformó, de una rama del Ejecutivo encargada de la seguridad de los habitantes, a una rama del Ejecutivo copartícipe y cómplice del segundo exterminio más grande en la historia de Colombia. Las huellas digitales de las Fuerzas Militares están en todas las muertes violentas acaecidas en Colombia en estos últimos 15 meses, ya bien por acción u omisión. El “Glorioso” Ejército de Colombia, ese que ayudó en la liberación de 5 naciones durante la Campaña Libertadora de Bolívar, es hoy un refugio de criminales asociados al crimen organizado y al paramilitarismo.

Bajo el mando del sanguinario y siniestro Nicasio Martínez, nuestro Ejército ha hecho alianzas con los “Rastrojos”, los “Pelusos”, los paramilitares, los narcotraficantes -sean nacionales o extranjeros- y cualquiera dispuesto a matar individuos de filiación de izquierda. Víctimas de una intoxicación in extremis de anticomunismo, las Fuerzas Militares de nuestro país perdieron el rumbo y el sentido del honor militar y se han dedicado a auspiciar el crimen de inocentes para infundir miedo entre la población civil, porque de eso es de lo que se trata, de infundir miedo. La política asesina de este “Uribismo 2.0” ha sido hasta ahora una política de intimidación por vías del asesinato. La estrategia es matar gente de filiación de izquierda constantemente para crear una capa de terror permanente sobre ciertas zonas estratégicas de la geografía nacional. Que el miedo a una muerte violenta desanime a los sobrevivientes y las fuerzas del “régimen” prevalezcan.

El ejecutor de esta estrategia macabra fue hasta hace 3 días “Boterito”, el borracho con pinta de Doctor Chapatín capaz de lavar sus pecados con whiskey dentro de la mas abyecta indiferencia. Cada muerto de estos 15 meses fue bajado hasta las profundidades del subconsciente de Boterito con un Johnnie Walker o un Macallan, elixires escoceses que sirvieron para ahogar los escrúpulos de un perfecto asesino colombiano. Y lo peor de estos asesinatos, lo que quedara para siempre en la memoria colectiva de los colombianos, serán las excusas desalmadas y las explicaciones inverosímiles preparadas por arte de magia en medio del delirium tremens de este hombrecito cínico y malévolo. Botero no solo justificó los asesinatos de sus hombres, sino que los maquilló para la opinión pública con barbaridades como salidas de un manual de Goebbels. Luego de acaecidos dichos asesinatos selectivos, venia la burla sobre el muerto a través de partes irrisorios -entregados siempre a “medio palo”- y explicaciones imposibles. No eran partes militares, sino una sorna cruel de un borracho indolente para con la familia y los allegados de la victima asesinada. A veces, este matarife con cara de tendero vasco dejaba escapar una sonrisita, o una mueca burlesca, durante las entrevistas y las ruedas de prensa, para que la gente entreviera su maldad y la perversidad de su plan de exterminio. No se trataba solo de cometer el crimen, sino de que la sociedad entera supiera de la satisfacción que esto le causaba al Gobierno.

Sin embargo, lo que verdaderamente termina ofendiendo al país como nación soberana e independiente, es que Botero no fue un ministro de Duque. Ni siquiera uno de Uribe, como tanto se dice en los medios. Botero fue, hasta el último dia de su ministerio, un ministro de los americanos. En esa ultima rueda de prensa que dio, al momento de renunciar, mostró su verdadera afiliación moral: “…menos coca significa menos crimen; menos coca significa mas seguridad; menos coca significa más democracia”, dijo en medio de su guayabo, y ahí le quedó claro a todo el país que su misión durante estos últimos 15 meses había consistido en complacer a los gringos con la erradicación de hoja de coca. Todos esos muertos, todas esas masacres ignoradas, todas esas muertes fútiles bien planeadas, habían tenido un solo objetivo: tener felices a los gringos, cumplirle a los americanos con la promesa del Gobierno de erradicar hoja de coca.

Y eso es lo más patético de toda de esta triste historia. Ese pobre hombrecito ni siquiera fue nuestro ministro, tan solo se trató de un remedo del gran Winston, un “churchillcito” de bolsillo, un borracho hijo de puta con cero de genio militar, que le reportó hasta el último dia directamente a los gringos.

¡Qué patético! El gran hombre de negocios, el dizque señorón de la sociedad bogotana, terminó siendo tan solo un manteco de los gringos. Y no es el único, por cierto. Ahí esta Carlos Holmes, votando en la ONU como los gringos le dicen que vote; y Martha Lucia, sirviendo permanentemente de ventrílocuo de los intereses norteamericanos. Eso para no hablar de nuestro subpresidente, que hasta disfraza a su mujer en sus visitas oficiales a Washington para que Trump y su mujer se diviertan.

Pero algo bueno queda de todo esto. Por lo menos ya sabemos quién es el padre intelectual de las matanzas y de dónde vienen las instrucciones (¡cómo si nunca lo hubiéramos sabido!).

Lo que hemos visto estos últimos 15 meses, la matanza de líderes sociales y exguerrilleros, tiene un nombre. Se llama “Operación Phoenix”, y la inventaron los gringos en Vietnam hace 50 años, así que, si van a marchar en forma de protesta el próximo 21 de noviembre, tendría hasta más sentido que marcharan en Washington, no en Bogotá.

Lo digo porque yo siempre he sido de hablar con el dueño del negocio y no con el administrador. Ademas, ya todos sabemos lo que va a decir el administrador de este chuzo, si a alguien por casualidad se le ocurre preguntarle algo:

“¿De qué me hablas, viejo?”

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