Guillermo Rico Reyes, escritor y periodista

LA MASACRE DE CHENGUE

Por: Guillermo Rico Reyes

De mi libro UNA MENTIRA LLAMADA POS-CONFLICTO

Capítulo VII
CHENGUE: El Odio a Ritmo de Fandango

Este capítulo está dedicado a los habitantes de Chengue, corregimiento del municipio de Ovejas, en Sucre, víctimas de masacre, los falsos positivos judiciales y la burla de la reparación, por tres presidentes: Pastrana, Uribe y Santos.
El departamento de Sucre se preparaba para las Corralejas del 20 de enero de 2001, en Sincelejo; pero el 18 a solo dos días de iniciarse la celebración, una de las peores masacres que superó la barbaridad de las que los paramilitares habían realizado en Colombia, les arruinó la fiesta.
La noche del 17 un grupo de uniformados -sin insignias militares-, pero respaldados por hombres de la armada nacional, rodearon la población y después de asegurar los posibles puntos de fuga de los habitantes, ingresaron al casco urbano.
Era casi la media noche y los gritos de los habitantes fueron multiplicándose al mismo ritmo en que los uniformados entraban a las casas y sacaban a sus moradores. Para acallarlos un camión sin placas fue parqueado en medio del potrero que hacía las veces de plaza principal, sus puertas se abrieron y el equipo de sonido comenzó a sonar a todo volumen y así ahogar las suplicas de auxilio; era música de fandango un ritmo típico del caribe. De esta forma se aseguraban que si alguien la escuchaba, creería que estaban de celebración previa a corralejas.
Obligaron a la población a formar y luego uno de los paramilitares seleccionaba a algunos de los hombres, 27 en total; fueron llevados a la parte más alta de la geografía de la región y allí los acostaron con la cabeza sobre una piedra grande y se las destrozaban con golpes de maseta.
Mientras eso sucedía, “el grupo de apoyo” iniciaba la destrucción de las casas. Desde la calle lanzaron bombas incendiarias que generaron una conflagración imposible de controlar. Más de 35 viviendas y todos los negocios fueron destruidos.
Cuando se estaba realizando el levantamiento de los hechos, se encontró el cuerpo de un joven que regresaba a su pueblo después de haber trabajado en la temporada de fin de año en Cartagena. Su cuerpo recibió un impacto de bala, el único asesinado con arma de fuego. Sus verdugos tenían tanto afán que ni siquiera lo requisaron, en su cadáver encontraron el dinero ganado.
¿Por qué a Nosotros?
Entre la topografía de los Montes de María, se encuentra el corregimiento de Chengue perteneciente al municipio de Ovejas; departamento de Sucre, norte de Colombia. Toda la zona era conocida por la impresionante riqueza que les dejaba el trabajo agrícola y que generaba la soberanía alimentaria a millones de personas que compraban sus productos para comercializarlos no solo en el medio y norte de Colombia, sino también en buena parte de Venezuela.
Contrario a los intereses de los grandes capitales, las comunidades campesinas se dedicaron a la producción de multicultivos que reflejaban su capacidad de trabajo; pero muy especialmente su fortaleza para enfrentar los mercados agresivos que, desde otros países y respaldados por los gobiernos de turno siempre intentaron sabotear la producción agrícola de estas organizaciones y llevarlas a la quiebra, lo que nunca lo lograron.
La fortaleza de esta propuesta campesina se basaba en un solo elemento: la fuerte organización política, económica y social que por más de un siglo había logrado un desarrollo único en la parte norte de Colombia. Son innumerables las publicaciones que hicieron historiadores como Ignacio Torres Giraldo, María Cano y, en las últimas décadas del siglo XX el periodista, sociólogo e investigador Orlando Fals Borda; cuando se refieren a las luchas agrarias y recuerdan que las primeras organizaciones campesinas del Cono Sur del continente se crearon y fortalecieron por las enseñanzas de la organización campesina en la costa Atlántica de Colombia en un sector conocido como “La Europa” a finales del siglo XIX, siendo sus sucesoras tanto o más fuertes. Enfrentaron gobiernos como el de Miguel Abadía Méndez, asesino de la Masacre de las Bananeras en diciembre de 1928, y fueron la cuna de la organización campesina más fuerte del país: la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC. Incluso, cuando esta fue infiltrada por terratenientes y se dividió, la organización campesina de Sincelejo mantuvo su línea ideológica; que no era otra diferente a la defensa de los campesinos.
Con orgullo los habitantes de Chengue cuentan cómo fueron familias pujantes, de gran desarrollo comercial que los llevó a un gran trabajo intelectual; todos sus jóvenes eran letrados. El analfabetismo había sido desterrado a la par que se desterró a los politiqueros. Era una comunidad autónoma, libre, soberana. Todo eso se lo robaron la noche de la matanza cuando le arrancaron la vida a golpes a los 27 campesinos que minutos antes de su muerte fueron señalados de terroristas y auxiliadores de la guerrilla.
Varias semanas después de la masacre se supo que el paramilitarismo no estaba interesado en las tierras de Chengue, contrario a lo que siempre han sido las masacres de campesinos generadas por esas organizaciones criminales. Esta vez la masacre se perpetró como un “escarmiento” a los más de cien años de organización y lucha del movimiento campesino.
Para Íngrid Vergara, luchadora popular y defensora de los derechos humanos; la masacre de Chengue dejó más de los 28 muertos que reconocen las autoridades: “Cuando uno habla con los campesinos descubre que fueron muchas las denuncias que, por desaparición, se instauraron los días previos a la matanza y si miramos los lugares donde ocurrieron esas desapariciones descubrimos que fue el mismo trayecto que utilizaron los paracos y la armada para llegar al pueblo, es decir, que muy probablemente los detenían para asesinarlos y desaparecer sus cuerpos, de esa forma se asegurarían que no informarían sobre su presencia ni su objetivo.
El daño fue tal que nosotros teníamos una amiga que era canta-autora de música popular de la costa, la señora Minta, así le decimamos; desde ese momento ella nunca volvió a escuchar un fandango y menos a cantarlos, nos decía que nunca jamás escucharía uno, murió cumpliendo su promesa.”
Las incursiones paramilitares en la región de Los Montes de María es tan marcada que hoy la mayoría de las mujeres tienen un trapo en los hombros, al llegar a estas poblaciones la gente piensa que es para limpiarse el sudor por el exceso de calor, pero no; es un lenguaje silencioso que demuestra que quien lo lleva es porque ya le asesinaron mínimo un familiar, el trapo simboliza el paño de lágrimas. Las mujeres de Chengue no son la excepción.
“Estos asesinos planean todo con tanto rigor que a los sobrevivientes nos roban la alegría, nos instalan el odio, el temor y lo hacen desde una puesta filosófica de terror que tienen muy bien planteada” explica la defensora de Derechos Humanos.
Julio Alejandro Meriño tiene casi 80 años, esa noche oyó los pasos de los hombres que pasaron por un lado de su casa-lote a la entrada del pueblo… y fue ese intento de silenciar los pasos de ese ejército, lo que lo alertó, así que saltó de la cama y se escondió entre los matorrales de pan coger que aún tiene su terruño.
Consciente de que su cabello totalmente blanco lo podía delatar, se cubrió la cabeza con un trapo negro y se tiró al piso para ver qué pasaba. Fue la única persona que vio todo lo que hicieron los asesinos, desde el principio hasta el final. Sin poder gritar, llorando y ahogando sus gemidos, se dio cuenta como sacaron por la fuerza a la población, como seleccionaron a los hombres que iban a matar y como lo hicieron, para después incendiar y destruir todo incluyendo su casa… siempre a ritmo de fandango, música alegre y que invita a la comunión; pero que a partir de ese momento se convirtió, para los moradores del pueblo en el peor mensaje de odio.
Al día siguiente los integrantes de la armada minaron la carretera que la noche anterior habían transitado. Así construyeron una buena disculpa para evitar que al pueblo entraran periodistas, familiares de víctimas, autoridades civiles o simplemente amigos o vecinos que querían ayudar. Nadie pudo entrar” explica el anciano.
“Yo le quiero contar la historia para que usted haga su libro -me dijo- pero debe prometerme que allí va a decir que Andrés Pastrana es un hijo de puta, y quiero que sepa que yo se lo dije.”
Su pedido me llevó a la pregunta obligada: ¿Y por qué tengo que decirlo? “Por una sola razón, ese desgraciado sabía que nos iban a asesinar y nunca hizo nada. Nosotros le enviamos más de cuatro cartas contándole que la Armada Nacional había pasado en varias ocasiones y nos había amenazado. Fueron cuatro cartas a lo largo de seis meses que nunca nos respondió. Él sabía todo lo que nos iban a hacer, por eso es un HIJO DE PUTA”; recalcó el abuelo. Como es evidente, la promesa la estoy cumpliendo.
“Al otro día de la matanza, esperamos a que vinieran los integrantes del gobierno, pero nunca lo hicieron así que nos tocó recoger a nosotros nuestros muertos. El ejército y la armada impidieron el paso de la ayuda, fue el personero de Ovejas, municipio de Sucre, quien se enfrentó a los uniformados y por fin entraron las autoridades; pero es que querían evitar que el país se diera cuenta de lo que habían hecho. ¿Usted sabía que a los militares los entrenan para cometer esas matanzas? Las investigaciones comprobaron que fueron ellos los asesinos y la demanda esta así, por eso no tuvieron más que aceptar su responsabilidad,” explica el anciano y luego se pregunta “¿a quién le cabe en la cabeza que los militares tengan hombres de civil en sus filas, entrenados para matar campesinos? Solo a ellos”, responde. “Eso solo pasa en los gobiernos absurdos de Colombia, bueno y Pinochet en Chile.”
Los días siguientes a la matanza fueron para el éxodo. Improvisados trasteos con los enseres de los habitantes se encaminaron a la cabecera municipal, Ovejas, 27 familias que entre su menaje llevaban consigo los féretros con sus seres queridos. Solo se quedaron dos personas como cuidanderos voluntarios del pueblo: Jaime Meriño y Enrique Oviedo a quien le mataron un hijo.
“Unos meses antes de la masacre, militares pertenecientes a la base de Malagana, vecina de Cartagena, se apertrechaban a la entrada de las fincas o potreros de la región y pintaban letreros diciendo que lo que nos pasaría sería peor que las masacres de El Salado porque, según ellos somos guerrilleros, así que presentamos una queja a los comandantes de los batallones que ni siquiera negaron la presencia de las tropas en la zona, pero tampoco la retiraron, entonces intervino la Personería Municipal y por fin los comandantes reconocieron que eran soldados y los sacaron, no sin antes dejarnos en claro que nos lo cobrarían muy caro”.
En octubre del 2000 se presentó la última amenaza, esa vez los paras se presentaron con militares, en la plaza del pueblo sacrificaron un cabrito y con la sangre dibujaron un cuerpo humano y calaveras. Dijeron que así iban a quedar muchos, esta nueva agresión generó un desplazamiento que duró ocho días, al cabo de esa semana la gente regreso: “Si no debemos nada no nos pasa nada,” fue el comentario del retorno. Esa amenaza se tiene documentada y fue denunciada por el alcalde de Ovejas de la época, Edwin Mussi Resto, después estuvo en la cárcel por firmar el pacto de Ralito. Fue obligado a asistir.
Ese fue otro motivo más para la última carta a Pastrana, pero como de costumbre, tampoco pasó nada, “Presidente estamos amenazados, los paramilitares pasan por nuestras tierras revueltos con los soldados por lo que es muy importante que usted haga algo para evitar que asesinen a un pueblo que solo sabe trabajar” decía parte de la misiva, pero nada. Esta matanza la hizo pastrana, todos los grandes de ese gobierno son asesinos y permitieron la barbaridad. Denuncian indignados los campesinos.
Por los días previos a la masacre, el presidente se encontraba en Cartagena, pasando la resaca de las festividades de fin de año; solo se enteró de la masacre tres o cuatro días después cuando los medios de comunicación publicaron la arremetida de paracos y militares contra la población civil en por lo menos 30 matanzas en todo el territorio nacional. Para mediados de diciembre de 2000, Carlos Castaño comandante de los ejércitos irregulares de extrema derecha, había sido atacado por varias frentes de las Farc en su bunker y aunque logró huir de la arremetida guerrillera, el costo de su fuga fue alto para sus tropas; cuentan las historias populares que fue alias “El italiano” Salvatore Mancuso; quien en un helicóptero de la Armada Nacional lo rescató, pero no por lealtad sino por estrategia. Para “El italiano” haberlo dejado morir ese día a manos de la guerrilla, hubiera permitido un triunfalismo insurgente que desmotivaría a los paramilitares.
Varios días después, y al parecer con grandes sentimientos de odio a las que se sumaban las presiones militares que atentaban contra su poder; Castaño inicia una arremetida en gran parte del país contra la población civil. Desde la costa norte hasta La Hormiga en Putumayo a miles de kilómetros al sur y por el andén Pacífico Chocoano hasta los límites con Venezuela. Pero Pastrana solo se enteró de lo que estaba pasando, tres o cuatro días después.
Esta es parte de la lista de masacres perpetradas por los paramilitares de Carlos Castaño que en solo 9 días enero, les costó la vida a más de cien personas.
Yolombó, Antioquia, 4 de enero, 11 asesinados
El Peñol Antioquia, 5 de enero, 14 muertos
Cajibió Cauca, 15 de enero, 10 asesinados
Popayan, Cauca, 15 de enero, 12 victimas
Chengue, Ovejas, Sucre, 17 de enero, 28 muertos
Valparaiso, Caquetá, 20 de enero, 19 asesinados
Jamundí, Cauca, 29 de enero 12, muertos
Por esa época no existían los canales de televisión de capital privado, solo la televisión pública. Un noticiero de fin de semana, horrorizado por la indiferencia del presidente dedicó todo su informativo para contarle al mundo la magnitud de las masacres y la inoperancia del presidente. Se trató del noticiero Hora Cero y su informe lo presentó con un contenido que recoge los siguientes elementos:
“Fueron por lo menos siete masacres contra la población civil que vivía en las zonas de influencia de la guerrilla, todos los muertos fueron civiles, niños, mujeres y ancianos especialmente, Pastrana se encontraba de paseo por Cartagena y su jefe de prensa Otto Gutiérrez aseguraba vía telefónica que, pese a la gravedad de los acontecimientos y la hora, 2 de la tarde, el presidente estaba durmiendo porque había celebrado hasta muy tarde y él, como jefe de prensa, no lo despertaría para darle esa noticia, que después de la corrida de toros de esa tarde era probable que le informara”.
Varias horas después y pese a la gran pérdida de vidas en el territorio nacional, Andrés Pastrana, presidente de una Colombia ensangrentada, gritaba enardecido en la plaza de toros “Ole… Ole… Ole…”

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