Sáb. Abr 17th, 2021

Guillermo Rico Reyes, escritor y periodista

LOS FANTASMAS ASESINOS

Por: Guillermo Rico Reyes, periodista amenazado.

Son fantasmas, definitivamente si, lo son, pero asesinan con armas de guerra. Las autoridades en Colombia han determinado, que las “águilas negras” los asesinos que recorren el país con total impunidad, no existen, por eso actúan sin temor a ser perseguidos, ni siquiera los panfletos que tienen amenazado a buena parte del país son prueba alguna, hasta un niño ambientalista, Francisco Vera, hace parte de los amenazados, habrá que emplear exorcistas para ver si logran ubicarlos, quizá siguiendo los cadáveres hacen evidente lo que las autoridades no ven.


La línea de destrucción está dirigida a la oposición del establecimiento, los señalados son generalmente políticos, líderes sociales, ambientalistas, defensores de derechos humanos, maestros, intelectuales, periodistas, opositores a las formas irracionales de explotación minera, petrolera o que atente contra las fuentes hídricas, el bosque y las selvas. Y si bien no tienen campamentos ni aglutinan ejércitos en algún territorio, sí actúan en pequeños grupos que entran a las regiones, golpean y salen con gran agilidad.


A 20 días de iniciar el 2021 los muertos están en cifras similares, 20: jóvenes, líderes sociales, excombatientes que luchaban por la paz y hasta un defensor del “perico oreja-amarilla” han caído por las balas de los “fantasmas águilas negras” pero lo peor, hoy están a puertas de repetir la brutalidad que marcó al paramilitarismo hace ya 21 años. EL SALADO.

LA MALDICIÓN DE LAS BELLAS
Fue muy extraño que en los primeros meses de 1996 se retirara toda la seguridad de El Salado, un día llegó un helicóptero y se llevó los pocos policías que patrullaban el pueblo, sin duda fue la “papaya” para justificar lo que al parecer ya estaba planeado… que las Farc en cabeza de Martín Caballero (remoquete bastante irónico) entraran al pueblo como Pedro por su casa: el comercio pagó altísimos boleteos, los campesinos tampoco escaparon, así que muy pronto la abundancia económica cayó en picada, pero la peor parte la llevaron las mujeres.


A las bonitas nadie les preguntó si querían ser o no compañeras sentimentales de la nueva autoridad que intermitentemente entraba y salía, el caso es que a las buenas… o a las buenas, terminaron embarazadas de criaturas que muchas veces no fueron reconocidas, y como en la leyes de Murphi, si algo está mal es probable que empeore, lo que venía fue mil veces peor.

Nunca llegó el Estado para proteger y buscar el desarrollo de la comunidad y después de un año y unos meses, las Farc abandonó el sector y algo de paz se comenzó a construir en la población, pero el esfuerzo duró solo dos años, el 16 de febrero de 2000 llegaron los paramilitares, por lo menos 450 hombres entraron con rabia para actuar contra la población, eran los hombres de los tenebrosos Cadena, Jorge 40 y otros, bajo la dirección de Mancuso que, desde algún escritorio, daba órdenes de destrucción total y muerte, respaldados por helicópteros militares. Fue un plan perverso diseñado para arrasar con todo, puesto en funcionamiento cuando retiraron a los policías en 1996, así podía señalarlos de “colaboradores” de la insurgencia y asesinarlos, pero la justificación se les había dañado ya que la guerrilla se había ido dos años antes, como ya lo expliqué.


Ya podrán imaginar quienes fueron las primeras y más sangrientas víctimas de la incursión… sí, las mujeres, en especial las más bellas las mismas que habían sido atropelladas por las tropas de Caballero. Lo que vivieron en manos de los paramilitares fue indescriptible: degradación, violación, torturas y sus cuerpos desnudos, ensangrentados fueron atados a los postes de la plaza principal donde era prohibido auxiliarlas so pena de correr la misma desgracia. Terminaron muriendo por tanto maltrato además de la sed y el hambre. Más de 110 personas murieron en esta brutalidad y si bien se habían cometido masacres de mayor número de muertos, como las del gobierno del hoy casi santo Virgilio Barco, como las de La Mejor Esquina, en Córdoba, o las fincas bananeras de Honduras y La Negra en el Urabá antioqueño, también las de los pueblos palafitos que describo en mi libro LAS LAGRIMAS SALARON EL MAR: MASACRES OLVIDADAS DEL CARIBE, nunca se había demostrado tanta barbarie como esta, la de EL SALADO que se extendió por 6 días, periodo en el que las autoridades desarrollaban un consejo de seguridad por el supuesto robo de más de 4.000 reses de algunas fincas de Enilce López, alias, “la gata” quien dio la orden de recuperar esos semovientes a cualquier precio, así que los caminos fueron militarizados con la disculpa de buscar los animales, pero en realidad lo que lograron los militares fue evitar la desbandada de los habitantes que trataban de huir despavoridos de esa masacre y dar la voz de alerta, pero también evitar la presencia de algunos periodistas que habían recibido la noticia fragmentada de lo que estaba sucediendo… y lo lograron.


Por eso nunca hubo claridad del número total de asesinados, al centenar de cadáveres se deben sumar los que fueron tirados a los ríos vecinos del pueblo y otros tantos que dejaron en su camino de entrada y salida de la sangrienta operación para evitar testigos que pudieran identificarlos, siempre supervisados por helicópteros que desde el aire garantizaba el éxito de la matanza.

Tras el desplazamiento, aparecieron nuevos dueños de las tierras que siempre fueron de los campesinos, se salvaron las de los valerosos labriegos que regresaron a sus terruños antes de que pasaran a otras manos, la reparación no llego y la restitución menos.

LA HISTORIA A PUNTO DE REPETIRSE.


Como las malas películas de terror, aplicada a la vida real, los asesinos no desaparecieron, se quedaron como sombras en los recovecos de la dolorosa reconstrucción y en la vida que han tratado de llevar los sobrevivientes en estos 21 años de olvido estatal. Como siempre, los auxilios nunca llegaron, tampoco las indemnizaciones ofrecidas, y menos la tan cacaraqueada restitución de Santos de las tierras que después de la masacre, pasaron a otras manos. Fueron como las promesas de políticos en campaña.
Como si dos victimizaciones no fueran suficientes, hoy regresan los paramilitares con sus panfletos. En El Salado esos pasquines tienen impacto inmediato por la barbaridad que cometieron hace dos décadas, así que el pavor ya invadió a sus habitantes, pero no pasa nada… “las águilas negras no existen” insisten las autoridades y esa declaración puede ser el inicio de la tercera victimización, otra más, justo cuando Jorge 40 reaparece en la escena pública tras pagar su condena por narcotráfico en Estados Unidos… coincidencia? Juzguen ustedes.

Y mientras las amenazas crecen, algunas instituciones se dedican a intercambiar cartas para determinar o desligarse de sus responsabilidades: la Defensoría del pueblo le pide a la fiscalía que evite otra nueva masacre y la Fiscalía le responde que ese no es su trabajo, en un cruce de misivas desgastante, que solo demuestra la inutilidad de nuestras instituciones hoy dirigidas por uribistas.


Algunos de los pocos sicarios capturados han resultado ser ex uniformados pertenecientes a alguna de las armas de la institucionalidad nacional, pero guardan silencio.

Pareciera que estos asesinos son águilas negras de noche, pero de día tienen insignias de oro que portan en sus hombros y pecho, las mismas que aprietan con la mano cuando cantan el himno de Colombia, la misma nación que están asesinando.

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