Comandante Uriel, del ELN. Foto: RCN

Primera parte: Un crimen en el paraíso. La pena de muerte al Comandante Uriel

AlCarajo tuvo acceso a una crónica que dar a conocer cómo ocurrió el asesinato del comandante Uriel del Ejército de Liberación Nacional (ELN), desde la óptica de la guerrillerada elena, equipo de Comunicaciones del Frente de Guerra Occidental-Omar Gómez.

 “¡Guardia, guardia, guardia!”. La comisión guerrillera sabía que la leída de guardia y caída del sol de las seis de la tarde, eran el llamado para que todos y todas nos dispusiéramos a descansar en nuestras caletas periféricas. La orientación, en un posible asalto era salvar a los menores Tania y D’Ángelo, con diez y seis años de edad respectivamente y, como siempre, al mando y/o comandante.

Esa noche del 24 de octubre se diferenció al resto. Teníamos una visita que se marcharía con el amanecer y como acto de despedida y respeto, el Comandante Uriel reunió a las 17 personas que lo acompañábamos, para brindarnos sus palabras y un audio con algunos pensamientos de Ernesto ‘Che’ Guevara y Daniel Viglietti que recitaban las cualidades y el valor de un verdadero revolucionario:

(…) un verdadero revolucionario se levanta todos los días a hacer la revolución, duerme con la revolución, sueña con la revolución, da su vida por la revolución”. “La revolución no se lleva en los labios para vivir de ella, se lleva en el corazón para morir por ella”. “Un verdadero revolucionario siempre practica la solidaridad y llena a sus iguales de amor eficaz.

Tras un momento con su hija Tania entre sus brazos ─con la que no se veía hace más de seis meses─, de haberle recordado que debía guindar su hamaca y las tareas pendientes del colegio que le ayudaría hacer al día siguiente, tomó uno de los más de diez celulares que cuidaba celosamente y emprendió unos minutos de ocio mirando aparatos tecnológicos para despejar su mente y darle rienda suelta al río de ideas que brotaban de su cabeza y labios para la construcción de Poder Popular y mejorar las condiciones de vida en todas las comunidades y caseríos del río San Juan (Chocó), a través del pragmatismo que brinda la tecnología y gracias a los ocho semestres de ingeniería electrónica que cursó en la Universidad de Antioquia en la década de los 90´s.

Nos reímos un rato de la gripe que teníamos algunos ─incluyéndolo─, la llamamos ‘chocovid’ e hicimos una lista de quiénes probablemente la habían encubado en la comisión. Uriel calentó una olla con agua del caño en el fogón a gas para bañarse y se despidió de los intelectuales, investigadores, visitantes, combatientes y no combatientes que quedamos en la casa principal a eso de las ocho de la noche con su acostumbrado: “Hasta mañana a los que faltan”. Durante los más de diez días instalados en un terreno que evidenciaba el paso de la explotación maderera, cuatro campesinos de la región, contratados por Uriel, realizaron dos construcciones a lado y lado de la vieja y desvencijada casa de madera plagada de comején en la que nos reuníamos durante el día y dormían algunos. Su caleta, aproximadamente a cincuenta metros hacia la izquierda con la carpa del radio y un hueco de trillo a medio camino, y cuatro camarotes para visitas a casi setenta metros a la derecha. Además, ya era costumbre movernos con el entable de internet y de energía solar. El uno potenciaba la comunicación frecuente del comandante con el bando popular y los medios de comunicación, vital durante más de tres años para dar a conocer a la opinión pública y al Estado lo que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) pensaba políticamente, romper el hermetismo y cerrar esa brecha comunicativa que trae consigo la espesa manigua colombiana y los protocolos de seguridad de la Organización. El otro, fue el inicio del plan ya en marcha para cientos de campesinos y campesinas del río San Juan que no tenían energía eléctrica y que encontraban en la solar, un camino para comenzar a dejar la preocupación por conseguir quince mil pesos que cuesta un galón de gasolina en el departamento y alimentar la planta a combustible si es que la tenían.

Fue así como comenzó el descanso de las fuertes jornadas de trabajo intelectual y físico que implicaba estar en la selva húmeda tropical y en el que solo quedaba despierto el guardia que se rotaba cada sesenta minutos.

Una hora antes de la salida del sol, ‘El Flaco’ (uno de los apodos de Uriel), abrió los ojos y comenzó el día diciéndole a su compañera Luz: “jueputa, hace rato tuve un sueño súper vívido, sentí un olor fuertísimo a cigarrillo que hasta me despertó”, pero la guardia de esa hora no fumaba. Odiaba y tenía un agudo sentido para el pesado aroma a tabaco que expulsaban sus acompañantes tras cada bocanada y siempre nos “repelaba” con que la convicción y temple de un revolucionario debía derrotar los vicios y, sobre todo, esos nocivos que acortan la vida y nublan la mente. Incluso, su comisión era la menos fumadora del Frente de Guerra Occidental Omar Gómez, pues disminuyó significativamente la dotación de tabaco y, para él, nadie podía adquirir la adicción en su interior.

Era domingo 25 de octubre y, como día festivo, la vida campamentaria mutaba principalmente para los combatientes. Tenían la posibilidad de cambiar las jornadas de estudio y lectura, de música elena, conciertos elenos, documentales, cine independiente y videos formativos, por ocio y “contenidos perratas” que, en otras palabras, eran las películas de Hollywood y de acción, el reggaetón, vallenato, salsa choke, salsa urbana, etc. Además, Camilo, Boris y Gioconda también descansaban de la fuerte rutina, pues eran combatientes con gran proyección y, como tales, recibían un curso intensivo de Trabajo Político Organizativo (TPO) por parte de Uriel, Manuel y Luz, de lunes a viernes entre las ocho de la mañana y seis de la tarde, ya que a largo plazo, el plan del Comandante era que muchos cambiaran sus funciones paulatinamente y se desplazaran a las comunidades con el fin de que estas se organizaran y el pueblo, siempre olvidado, asesinado y explotado por el Estado y para-estado colombiano; se tornara soberano.

A diferencia de las mañanas anteriores, sumidas en letargos por los tonos planos de grises que se extendían en el cielo y la neblina que, en ocasiones, solo permitía divisar las botas pantaneras de los compañeros y compañeras caminando por el fango, el cielo azul admitía que llegara la luz abrumadora sobre la frente, nariz y cuello, dando ese ardor insoportable en la piel que lleva a las abuelas a afirmar: “esta tarde va a caer un palo de agua”. Pero esa era la percepción de un paisa (todo hombre y mujer colombiana de tez blanca para los chocoanos), pues a los negros, negras e indígenas no les molestaba mucho el sol, por el contrario, esa luz parecía dínamo y les daba un bello tono ámbar que resaltaba los músculos grandes y tonificados que solo logra proporcionar la buena alimentación y el trabajo físico de la guerrilla con los y las campesinas.

El calor provocaba entonces solo sentarse y sumergirse en el caño fresco y cristalino ubicado al frente de la entrada de la vivienda, donde los cardúmenes de sardinas ─esperando algún desperdicio para devorar─, nadaban en agua que parecía viento, y las contorsiones de los cuervos de agua al zambullirse para pescar algún quicharo, agujeta o barbudo, fueran por corrientes de aire. Además, era habitual divisar las pequeñas bandadas de ‘paletones’ coloreando el cielo con sus prominentes picos, las pintorescas ranas arlequín saltando entre la humedad de las raíces, y diversos colibríes con su aleteo casi invisible pero sonoro, acercarse a los rostros, reconociendo los nuevos integrantes de la selva. Le llamábamos ‘el paraíso’ con justa razón.

Tras el desayuno a las ocho de la mañana, despedir a la visita y a Andrea ─la ecónoma que salía en busca de merca (víveres)─, Uriel, Manuel, Luz y Gioconda se sentaron al extremo derecho del corredor frontal de la casa principal, donde se encontraba el entable eléctrico y estaban casi todos los aparatos tecnológicos. Hablaron de algunos temas sin importancia; ‘El Flaco’, como buen ‘friki’ y con el histrionismo que lo caracterizaba, soltó una fuerte carcajada cuando escuchó a Manuel entonar el intro de la serie animada de los 80´s ThunderCats (que llegó a Colombia en los 90´s) e imitar la voz del supervillano, idéntico a la persona que se acababa de marchar: “¡Antiguos espíritus del mal, transformen este cuerpo decadente, en Mumm-Ra, el inmortal!”. “Juaaa, así era”, dijo, y lo acompañó con un “¡Thunder, Thunder, ThunderCats. Thuuun!” moviendo sus brazos como los del héroe Leono, el felino cósmico.

Rodeando ya las diez treinta de la mañana, el Comandante, en ‘chapolas’ y pantaloneta, convocó a uno de los dos jóvenes visitantes llegados hace apenas dos días y a su compañera para tratar temas pendientes de trabajo. Salieron solo con sillas y computador a cuestas para hacer apuntes del encuentro, tomaron asiento; ellos dos en sillas y el joven en la banqueta de madera contigua en forma de L y con techo de plástico que Camilo había construido magistralmente como sala de reuniones, en la que se podría sentar la totalidad de la comisión, y a futuro, discutiríamos planes de trabajo, de la región, nos reiríamos de las payasadas del gobierno y se recibiría diversidad de invitados, con la mente y práctica siempre puestas en la revolución popular.

Con el caño al lado derecho, la espalda dirigida a su caleta; su hija Tania, el menor D’Ángelo, Camilo, Samanta, Luz y el visitante a menos de tres metros, habló durante cerca de cinco minutos.

Un fuerte estallido acompañado de pequeñas explosiones chisporroteantes acalló por centésimas de segundos el sonido del curso del agua, la algarabía de las bandadas de loros, los grillos y las cigarras de monte. “Uhhh”, el conocido y agudo lamento de Uriel cuando se quemaba o pinchaba ligeramente con un alambre de cobre, seguido de un “¿qué pasó?”, fue lo último que salió de su boca.

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