Guillermo Rico Reyes, escritor y periodista

QUE LA FELICIDAD NO NOS ATROPELLE; AHORA LOS FALSOS POSITIVOS

Por: Guillermo Rico Reyes

Si bien el país decente aún celebra la orden de captura que la Corte Suprema de justicia dictó en contra del MATARIFE, que la felicidad no nos deje olvidar los crímenes de estado llamados falsos positivos que en el gobierno Uribe se incrementaron por los premios en dinero y vacaciones que recibieron los militares que los cometieron.

Los pagos llegaron hasta 3 millones 900 mil pesos, quince días de vacaciones por muerto, viajes, pasajes en avión y muchas cosas más, convirtiendo en blanco a los jóvenes que desempleados, recorrían las calles de pueblos y ciudades, pero al otro lado de la línea de fuego, volvieron asesinos a, también jóvenes que un día decidieron servirle a la patria.

Sin embargo, por incrédulo que parezca, estos crímenes de Estado no se iniciaron en ese gobierno, porque es una práctica que existe desde que tengo conocimiento. Con la gran diferencia que antes, los militares, lo hacían por el gusto de matar.  Con Uribe lo que cambió es que recibían trofeos.

La historia que les contaré en este escrito es la Masacre de Dabeiba, Antioquia en 1992, y que en compañía de mi amigo y compañero de trabajo Mario Castillo, cubrimos para NTC NOTICAS, cuando era periodista de esa casa noticiosa.

La historia hace parte de mi libro EN MEDIO DE LA GUERRA y ese, el capítulo IV, fue titulado “coronel Plata ¿Dónde están mis hijos? les presento un aparte de ese escrito, ahora que aparecen más cuerpos, aparentemente falsos positivos en la costa Caribe y en Dabeiba, justo donde sucedieron los hechos:

(…) Entonces pudimos entrar al lugar de los enfrentamientos. La carretera había sido tomada por el Ejército y muchos campesinos se encontraban preguntando por sus seres queridos. De pronto una mujer de unos cincuenta años de edad, aprovechando la presencia de los pocos periodistas que habíamos logrado llegar, le gritó al grupo de militares:

-Coronel Plata, ¿dónde están mis hijos, ¿qué hizo con ellos?, usted los sacó de mi casa el miércoles en la madrugada y no han regresado.

Los gritos se repetían una y otra vez, con alguna variable, pero siempre reclamando a sus hijos:

-Usted los conocía, sabía que no eran guerrilleros sino campesinos. Me los tiene que devolver.

Sus gritos llamaron mi atención, así que me acerqué y conocí la historia por la que esta mujer reclamaba:

-Es que el coronel Plata llegó la madrugada del miércoles a mi casa, sacó a todos los hombres y se los llevó. Me aseguró que en la mañana los largaban, pero ya han pasado dos días y aún no regresan. Yo tengo miedo que les hayan hecho algo, pero nadie da razón y lo peor es que los hijos de mi compadre como los del vecino también se los llevaron y a nadie han soltado.

Cuando intenté preguntarle al coronel involucrado, dio media vuelta y se refugió en medio de la tropa, pocos segundos después se deslizó hasta un jeep que abordó y nunca lo volvimos a ver.

Las cosas no estaban claras y nadie daba explicaciones de lo ocurrido, lo único cierto es que al lugar se presentaban cada vez más y más campesinos de la región con el mismo reclamo: “¿dónde están nuestros hijos?”

El grupo de militares fue disminuyendo, mientras que el de los campesinos se ampliaba, hasta que por fin una respuesta. Un hombre de unos cuarenta años se acercó y con gran discreción nos dijo que arriba, en la cima de la montaña donde habían acampado las tropas, se encontraban varios cadáveres. Le pregunté si nos podría guiar hasta allá. Con su respuesta positiva nos pusimos en camino acompañados de varias decenas de labriegos.

La lluvia no había parado en más de cuatro días, así que subir la montaña fue un esfuerzo que incluía luchar contra la sopa de barro donde las piernas se enterraban hasta las rodillas con cada paso que dábamos. No entendía cómo una montaña que no estaba habitada podía estar tan destrozada, pero la respuesta, sin estar pidiéndola, la recibí casi de inmediato.

-Los soldados dañaron toda esta montaña, eran más de quinientos que estaban acampados arriba y subían y bajaban más de tres veces por día, además como hubo combates, los explosivos ablandaron la tierra, explicó uno de los campesinos que nos acompañaba.

A pocos metros de la cima había una meseta natural tapizada por miles de pequeñas bolsas de plástico negro impresas con el escudo y la leyenda: “República de Colombia, Ejército Nacional, ración de campaña”, era el resultado de cinco días de atrincheramiento de cientos de soldados. Al fondo, antes de iniciar el último repecho de la montaña, la tropa había hecho una pequeña caverna de aproximadamente un metro de la puerta a la pared de fondo, uno treinta de alto y para abajo no se podía ver porque estaba llena de agua, al lado de la entrada había una rejilla de madera tirada en el suelo.

-Este tuvo que ser el foso de tortura, dijo uno de los campesinos acompañantes.

-El Ejército acampó aquí por varios días y este fue uno de los lugares donde retuvieron a los campesinos que sacaron de las casas durante los últimos cuatro días, es probable que esa agua tenga bichos para torturar a los que metían allí.  Explicó.

Momentos después se inició la búsqueda de los detenidos y la barbarie mostró su peor cara. Solo había que mirar el cielo para saber dónde estaban los cadáveres. Los chulos revoloteaban acusatoriamente anunciando la terrible verdad. Uno a uno recorrimos los lugares donde esas aves intentaban borrar, sin éxito, las evidencias de la masacre: tres muertos a un lado, otros dos en otro, dos más allá… y cuando nos acercamos al filo del abismo descubrimos que entre las ramas de los árboles yacían más cuerpos, todos con la huella terrible de las aves de rapiña, todos con las perforaciones de las balas por donde se les había fugado la vida.

Muchos de los espontáneos acompañantes lloraron. La rabia y la impotencia no se podían contener, pero, aunque el dolor era inmenso, no se acobardaron para amarrarse cuerdas y descender para sacar a sus familiares.

Mario descendió con el grupo para ayudar a sacar los cuerpos… en ese momento lo admiré porque yo estaba acobardado. La muerte no es algo que me simpatice y menos esta vez, cuando los cuerpos que estaban extrayendo tenían sus vientres destrozados por los chulos y varias de sus vísceras colgaban de lo que fue su abdomen.

Una vez afuera, acostados en una dolorosa cama franca, descubrimos que, aunque la mayoría tenía prendas militares, estas no estaban perforadas por las balas que les atravesaron sus cuerpos, es decir que después de asesinarlos los vistieron con prendas de guerra.

Mi incapacidad para cargar cadáveres se hizo evidente nuevamente cuando comenzaron a repartir las cargas para bajar la montaña con los muertos al hombro. Pero esta vez les ofrecí disculpas por no ayudar en esa dolorosa tarea. 

En medio de la carretera se depositaron los cadáveres en el mismo orden en el que fueron llegando. Por lo menos ocho personas fueron reconocidas de inmediato por sus seres queridos. Todos con la misma historia, el coronel Plata ordenó a la tropa que fueran casa por casa para detener a todos los hombres cuyas edades oscilaran entre los doce y los cuarenta años. Es decir, el número de detenidos era bastante alto.

La evidencia de la masacre estaba al frente de todo el pueblo en medio de la vía, ahora era responsabilidad de los periodistas indagar para lograr la versión acertada de lo que realmente pasó. Y para hacerlo, allí estábamos comunicadores de distintos noticieros: los de Kriptón, que siempre se pegaba a la versión oficial, su director Alejandro Montejo había sido también director de Inravisión durante el Gobierno de Turbay Ayala, que era la organización rectora de todo lo que tenía que ver con la televisión y radio institucionales, tras su salida le fue “adjudicado” este noticiero donde Diana Turbay era socia, todos hacían parte del inventario que pertenecía a la familia Turbay, ellos asegurarían que los muertos eran guerrilleros. TV Hoy, de filosofía conservadora, pertenecía a Andrés Pastrana y no se diferenciaba en nada del primero. Y nosotros, NTC Noticias, dirigido por Daniel Coronell, solíamos ser una empresa que no se tragaba los cuentos fácilmente.

Así que, indagando meticulosamente, nos enteramos que junto a los campesinos detenidos también se encontraban una anciana de unos setenta y cinco años y dos menores hermanos de doce y trece años. Los tres estaban vivos y habían sido liberados por el Ejército antes de la matanza. Con delicadeza y prudencia para que nuestras pesquisas no fueran detectadas por los militares, buscamos a los tres sobrevivientes y encontramos a dos.

-A nosotros nos sacaron de la casa el lunes por la noche para amanecer el martes, nos reunieron con un grupo grande donde estaban todos los vecinos. Nosotros éramos los más pequeños.

-¿Nosotros?, ¿quiénes?, pregunté.

-Mi hermano y yo, respondió. Después nos ordenaron subir la montaña hasta bien arriba donde había más tropa para juntarnos con otros que tenían amarrados y a todos nos hicieron quitar la ropa, nos preguntaban quiénes eran guerrilleros. Al principio todo fue amable, pero después no. A los que no les gustaban a los militares los metían en un pozo que habían hecho contra la montaña donde había animales o algo, porque ellos gritaban después de varios minutos de estar metidos ahí.

Este tipo de fosos fue usado por las tropas norteamericanas en la invasión a Vietnam y replicado con todo éxito en la llamada Escuela de las Américas financiada por el gobierno gringo, donde eran “educados” nuestros militares. Estudiar allí era como hacer un posgrado en tortura, desaparición, choques eléctricos, acceso carnal violento y muchas prácticas más aplicadas a lo largo y ancho de Sur y Centroamérica (…)

Que los crímenes de Estado, llamados Falsos Positivos, no se nos olviden, miles de madres buscan a sus hijos que fueron asesinados por el terrible delito de ser jóvenes, y que películas como “Silencio en el Paraíso” sigan realizándose en todo el país.

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