Comandante Uriel, del ELN. Foto: RCN

Segunda parte: un crimen en El Paraíso. La pena de muerte Comandante Uriel

AlCarajo tuvo acceso a una crónica que dar a conocer cómo ocurrió el asesinato del comandante Uriel del Ejército de Liberación Nacional (ELN), desde la óptica de la guerrillerada elena, equipo de Comunicaciones del Frente de Guerra Occidental-Omar Gómez.

Dos guerrilleros cumpliendo su destino

Samanta, Camilo y los niños jugaban al “ahorcado” en un tablero de acrílico manchado que estaba siendo utilizado para los talleres formativos. Tan pronto escucharon la detonación, el combatiente se quitó de inmediato el despabilamiento del “¿qué pasó?” y los animó a correr como nunca lo habían hecho en sus cortas vidas.

En el sendero que llevaba a los camarotes, en medio de sollozos de los menores y escapando del descontrolado tiroteo que desató el Ejército Nacional de Colombia tras ese primer disparo que cruzó el cuerpo de Uriel e hizo brotar la sangre de su pecho divisada por su hija, D’Ángelo perdió los zapatos y debió subir a la espalda de su protector para no ser alcanzado por las balas enemigas.

En el camino, apareció Boris con su fusil en porte y entendiendo poco lo que sucedía. “¡Primo, cúbrame que van a matar a los niños!”, le dijo Camilo. Como si fuera una orden, le entregó la Pietro Beretta que llevaba de Andrea, prendió fuego con el fusil, y se quedó allí para que lograran escapar.

Los tres se lanzaron al caño. Tania era una gran nadadora y lo que más disfrutaba de visitar a su padre era la posibilidad de nadar a diario en el agua cristalina. Por su parte, D’Ángelo, continuaba enmarañado en la espalda de Camilo y así cruzaron parte del entramado de caños y montes que los separaban hasta llegar a una pequeña finca abandonada en medio del bosque. “Métanse a esa cuevita y salen cuando yo les diga mientras pasa el helicóptero”. Inteligentemente, el combatiente se quitó la camisa, encontró al interior de la casa un machete oxidado y salió a rozar como lo hacía en sus días de campesino antes de incorporarse a la guerrilla, mientras ‘la plaga’ (Ejército) rondaba por tierra, agua y aire.

Posteriormente, regresaron al campamento, rescataron un bote y su motor y lo que quedó tras el asalto.

A la vera de la plaga

Samanta no siguió a Camilo ni a los niños. Inmediatamente se lanzó al caño, nadó hasta un bote guerrillero ubicado al frente de la construcción principal y se encajó entre la raíz de un viejo árbol y la estructura del barco, dejando solo su cabeza por fuera del agua. Allí estuvo los cerca de cuarenta minutos que duró el operativo. Escuchó las voces y carcajadas de alegría de los militares por haber conquistado su objetivo principal: acabar por la espalda con la vida de un guerrillero ejemplar. “¿Quién quiere camisetas?, ¿quién está mal de calzoncillos?”. Regaron el resto de los equipos de la comisión elena por el terreno como si fuera basura, destruyeron la nevera portátil y robaron todo lo que contenía, quemaron lo que quedaba. Patearon con brutalidad el rostro y cuerpo inerte del Comandante y detonaron con una granada lo que al final era la vivienda de un campesino y medio de sustento para él y su familia.

Uno de los soldados entró al caño y comenzó a bañar. Los dedos de Samanta ya estaban arrugados, llenos de surcos, y a pesar de tener su rostro sobre la superficie, tomaba bocanadas de aire como si fuera a sumergirse para “caretear”; trataba de hacer el mínimo ruido para que no descubrieran su escondite. El ‘chulo’ (militar) terminó su baño, se acercó a Samanta, al bote, accionó tres veces su fusil. Era primera vez que se sentía más fría que el agua misma cuando escuchó los disparos que impactaron sobre el motor fuera de borda de 75 caballos de fuerza y que aparentemente quedó inservible. El 15, menos pesado e instalado en el bote más pequeño, también lo robaron.

El agua comenzó a vibrar tan estrepitosamente que las sardinas se dispersaron y buscaron refugio en los troncos muertos. Las embarcaciones a mecerse a punto de voltear y las plantas a agitarse como en medio de un vendaval. Arribó el black hawk en el que sacaron el cuerpo de 42 años de edad, 86 kilos de peso y metro 93 de estatura del Comandante Uriel del municipio de Nóvita (Chocó), pero no sus ideas.

Un palo de plomo

Gioconda y Manuel quedaron en el entable eléctrico trabajando en sus computadores. Por su parte, Ernesto leía El libro de los abrazos de Eduardo Galeano en medio de verduras y libras de arroz ubicadas en la ‘rancha’ (cocina) al extremo izquierdo de la casa principal.

Durante los segundos de inquietante silencio que siguieron tras la primera detonación proveniente del tendido francotirador en el hueco de trillo y el “qué pasó” de ‘El Flaco’, Gioconda y Manuel pensaron que se podría tratar del ‘chispún’ (escopeta artesanal) de un campesino o el escape de un tiro guerrillero, pues no era el horario habitual para un asalto enemigo.

Los travesaños, y tablas verticales que rodeaban el corredor de la vieja construcción, no permitían ver hacia afuera a quienes se encontraban sentados en el interior. Así que Gioconda se puso de pie, observó inmediatamente a su izquierda y solo encontró al Comandante sentado de espaldas, desmallado como si estuviera en un sueño profundo. “¡Uriel, Uriel, Uriel! ¡Flaco, vámonos… flaco!”. Su cuello y espaldar del asiento sostenían la cabeza y rostro ya apuntando al cielo; sus largos brazos se mecían ligeramente perpendiculares al suelo y por el izquierdo descendía un caudal de sangre como las borrascas de los caños que desembocan en el río San Juan tras un “palo de agua”.

Ernesto y Manuel también se levantaron, y al confirmar que se trataba de un asalto, se metieron con Gioconda al interior del cuarto contiguo al entable eléctrico. Fue en ese momento que ‘la plaga’ multiplicó sus detonaciones. Gioconda se puso el chaleco y agarró su fusil; Manuel portó el rifle corto con el que andaba Uriel y que le había dotado hace algunos días; arrodillado, se hizo a espaldas de la guerrillera para cubrirla. La mujer salió al corredor y accionó los únicos cuatro disparos que cruzaron el caño hacia el montículo de selva de donde provenían algunas explosiones. Al instante, el palo de plomo que se vino sobre la casa de madera ya carcomida por los bichos y que solo les protegía de la vista de los ‘chulos’, entraba a mansalva, y sobre el techo de zinc impactaban las esquirlas de los diferentes estallidos que buscaban carne para desgarrar.

Durante la interminable tormenta de casi dos minutos que resistieron dentro, Gioconda debió regresar al cuarto. En medio de la desesperación, recogieron lo que pudieron, Ernesto pateó la pared trasera, derribó cuatro tablas más débiles que el balso y huyeron.

La luz que no mengua

“¿Qué pasó?”, dijo ‘El Flaco’ mientras miraba cada una de sus extremidades superiores, luego miró a Luz. Ella tomó su mano izquierda y notó, cerca de la muñeca, una esquirla en un orificio del tamaño de la uña meñique. Rebosaba de sangre, lo miró. “De repente cerró los ojos, se desvaneció, mi Vida murió al instante”.

Uriel había pasado los últimos años codo a codo con su amada Luz. Él la llamaba ‘Milingui’ y ella le decía ‘Vida’. Hacían todo juntas. Sus necesidades, se bañaban, se dormían conversando, se cantaban, se escribían poemas y cartas de amor, veían películas y series, leían, se cocinaban ─más él a ella que ella a él─, se reían ─de ellos mismos y de otros─, caminaban, hacían ejercicio. Se casarían en diciembre. El par de anillos símbolo de amor revolucionario también fue robado por el Ejército.

Él me dejó conocer maravillosas características de su personalidad y estilo de vida: la vocación de servicio a la gente, el respeto hacia las mujeres, su integridad como sujeto, la importancia que le daba a la palabra empeñada, su honestidad, su interés por que los y las que le rodeábamos fuéramos buenas personas, su sensibilidad, su preferencia por el agua tibia, los gustos culinarios, su gusto por la piña y los buñuelos, su ternura, inteligencia, capacidad de transformación y, sobre todo, su vocación de servicio hacia los y las empobrecidas y explotadas de este país y del mundo entero. Era un verdadero revolucionario con sentimientos de amor hacia la humanidad, amante de la vida y la libertad.

Aunque los y las combatientes de la comisión se quejaban en ocasiones por las constantes discusiones que tenían, no entendían que en muchos casos se trataba de esa decidida confrontación que Luz, en su posición de cuadro político, le proponía con respecto a la práctica de la organización en los territorios y al proceso de desmonte de las dinámicas patriarcales tanto en las formas y concepciones de ‘El Flaco’, como también en las comunidades y en la guerrilla misma. Según ella, “se lograba avizorar un mayor avance hacia la equidad de género a través de procesos organizativos femeninos impulsados por el ELN, para seguir luchando por la destrucción de ese machismo enquistado y enconado históricamente en las comunidades negras e indígenas del Chocó”. Eran abanderadas de “la revolución también será feminista o no será”.

Luz emprendió su escape cerca a la parte trasera de la casa de reuniones; no recuerda bien cómo llegó allí, debido al desconcierto y fragor del ataque. Se alejó cerca de veinte metros con el dolor de quien abandona a su amor y Comandante, pero sabiendo que él hubiese hecho lo mismo frente a un cuerpo ya sin vida, y que hubiera seguido el curso inexorable de la revolución popular con o sin ella. “Jueputa, Uriel está muerto”, se dijo en voz alta para tratar de aceptar la perdida y lograr salir de allí.

Lo que camufla la jungla
Gioconda, Manuel y Ernesto salieron expulsados por el agujero de la pared posterior y se toparon con Luz totalmente desorientada. “No sabía qué hacer… si correr o regresar al lado Uriel”. Recuerda que Ernesto, incrédulo, le preguntó por él y le respondió que lo habían asesinado, desarmado y por la espalda.
¡Luz, vámonos! ¡Ya no hay nada qué hacer, allá te matan! Le gritó Gioconda sacándola del sopor y tomó la vanguardia, Manuel la retaguardia y comenzaron a correr. El último corría a hurtadillas; le pesaban los pies, sentía su cabeza hinchada e hirviendo, las balas le silbaban a los costados y los latidos del corazón le susurraban a los oídos. Atravesaron una pequeña quebrada junto a dos caletas guerrilleras y ascendieron por la montaña durante cerca de diez minutos. Coronel, el perro rescatado por el ELN tras ser abandonado por el Ejército en 2017, y la pequeña Venus, fiel a Uriel desde 2011, se unieron a la marcha.

Los ladridos descontrolados de los sabuesos, que probablemente revelarían la ubicación de los sobrevivientes, les llevó a pensar, con la frialdad que da la guerra, en degollarlos y así lograr seguir escondidos por la inmensidad de la jungla chocoana, pero por fortuna, Coronel se perdió en la frondosidad y regresó al campamento, la excitación de Venus menguó y cambió drásticamente los tonos fuertes y autoritarios de sus ladridos por chillidos agudos que tal vez trataban de evidenciar el dolor por la pérdida de Uriel; era la primera vez que no estaba al lado de su amo, meneando la cola y buscando la caricia de algún guerrillero o en la punta del bote recibiendo la brisa del río y custodiando a la comisión.


Tres helicópteros estremecían la selva y rozaban las copas de los árboles más viejos, aturdían el canto de los ‘paletones’ y el crujir de los ‘mochileros’; en ese momento entendieron la analogía que hacían en la región entre la fuerza pública y sus sobrevuelos con las aves de rapiña. Se camuflaban bajo la frondosidad de las hojas de palmeras o en las cavernosidades de los troncos, mirando al cielo, tratando de descifrar los movimientos de ‘la plaga’ y esperando que esta no tomara la decisión de bombardearlos.
Desarmaron algunas memorias usb y micro sd que sacaron consigo, masticaron sim cards para tener la menor información posible y cuidar la compartimentación propia y de sus compañeros en una eventual captura.

A pesar del sol chocoano, que oscurece la más blanca de las pieles en poco tiempo, Manuel nunca había visto a Luz tan pálida. Las venas de sus manos y rostro eran tan evidentes, que entre los dos comenzaron a examinar todo su cuerpo, y afortunadamente corroboraron que la translucidez no se debía a la pérdida de sangre en una herida sin detectar por la adrenalina.

Tan pronto escucharon a la distancia la explosión que destruyó la casa principal, continuaron cautelosamente la marcha que les alejaría más del asalto. Los ojos de Luz se desbordaban, pero las palabras de Manuel no le permitían quebrar en llanto: “cuando salgamos de esta, lloramos como un hijeputa, pero todavía no es el momento”.
Cada cierto tiempo se miraban la una al otro, no necesitaban de palabras para expresarse el desconsuelo por quien ya no estaba, por la persona, el símbolo sobre el que muchos y muchas volcaron toda su confianza y talento para que fuera el motor del proceso en el que las comunidades comenzaron a entender que no se trataba de una guerra entre ELN y Estado, sino de una guerra entre el Estado y el pueblo, el bando popular al que siempre pertenecieron. De una guerra que, aunque desigual, se legitimaba en el territorio con la emancipación popular impulsada por la guerrilla, y en las urbes a través de las pantallas que irradiaban la práctica bajo la mirada precisa y las palabras certeras del Comandante Uriel y la familia que escogió.

Ya eran seis horas y media de subir filos y bajar cerros, alimentándose solo del agua que brotaba de la tierra. “¡Gioconda, Gioconda!”, sintieron el llamado tras algunas hojas de bore. Sonia y Alba, dos guerrilleras indígenas también lograron salir del operativo. Se abrazaron, las sonrisas de un lado y otro, sabiéndose vivas, refrescaron un poco la situación.

Estábamos en nuestras caletas, escuchamos la balacera, y cuando nos asomamos, todo estaba rodeado por la ‘plaga’. Agarramos los equipos y salimos a correr.

  • ¿Saben algo de los dos ‘pelaos’ visitantes?
  • Sí. Cuando nos asomamos, vimos que Yolanda salió por el caño y Mario se subió a un árbol. Los dos paisas se le pegaron a Boris, también se tiraron al caño y lo cruzaron. Aunque uno iba con sangre en el pecho. ─Fue alcanzado por una esquirla del Ejército─
  • ¿Qué pasó con el viejo (Uriel)? ─preguntaron las combatientes─.
  • El primer disparo con el que comenzó el asalto, lo mató. Le dieron por la espalda y desarmado. Le aplicaron la pena de muerte que prohíbe la Constitución Política en su artículo 11. Si ya tenían una investigación adelantada, nos tenían rodeados y esperaron a que él se sentara a trabajar en un computador para dar rienda a la misión, ¿por qué no hicieron efectiva la orden de captura? ¿Quién decidió ejecutarlo de forma inconstitucional? Decimos que Colombia es un Estado de Derecho, pero quienes ejercemos el legítimo derecho a la rebelión somos condenados a morir a manos de un narcoestado que no respeta los Derechos Humanos. ¡Qué gonorrea! Nos salvamos de pura suerte. No les importó que hubiera, personas desarmadas, campesinos, investigadores, combatientes, no combatientes y menores de edad que seguramente cargarán el resto de su vida con afectaciones psicológicas.
  • ¡Qué hijueputa miedo le tenían! Prefirieron acallar la voz más clara, honesta y sensata del ELN. Como pasa siempre en el país más democrático de Latinoamérica, le meten plomo a quien piensa diferente y propone una Colombia justa. Sabían que ‘El Flaco’ se volvía cada vez más fuerte, era la mirada de la digna rabia, el eco de la rebeldía. La honestidad de sus palabras que apuntaban al narcoestado, eran más recias e hirientes que los mismos disparos de su fusil; abría nuevos panoramas a través de esa guerra de cuarta generación en la que tanto insistía. Y no era gracias solo a él o a la familia que lo acompañábamos, sino a lo mamada que está la gente, el bando popular. ¿O es que acaso están saliendo a las calles a resistir y luchar solo por los videos o mensajes que se difundían desde el Frente? ¡No! Es porque Duque maneja a Colombia con el culo, mientras lo manipulan los del cerebro. Vino al Chocó solo a tirarle dulces a los niños como un payaso, y demás que llegó desde el 19 a Quibdó solo para anunciar un asesinato, un acto de terror contra la Colombia profunda por parte de la Colombia homicida. ¿Un gran logro para quién? Para una presidencia deplorable que sigue llenando los ríos chocoanos de mercurio y sangre y con sus ‘pirañas’ (embarcaciones) que aterrorizan a las poblaciones cada que las sienten pasar o disparar.

A diferencia de quienes les acompañaban, Sonia y Alba llevaban en su equipo una carpa de camping, dos capas para el agua, algunas mantas, una libra de azúcar y
una bolsa de leche en polvo. A las seis treinta de la tarde, ya con la oscuridad encima, agotadas tras caminar casi siete horas, decidieron tender, intentar dormir y seguir buscando el caño que les sacaría al río para ser rescatadas al día siguiente. Se apiñaron una encima de otro para que el techo alcanzara y el fuerte aguacero de esa noche no les empapara.
La selva es como el comunismo: te enseña a sobrevivir o a morir, enterrándote hasta el cuello de práctica
La luz era tenue, apenas se asomaba entre las hojas y escasamente cruzaba la espesa bruma. A las cinco y media, como era habitual en la vida campamentaria, despertaron, recogieron su dormida y tomaron los primeros sorbos de algo diferente al agua consumida desde la mañana anterior. Hicieron “agualeche” con azúcar y comenzaron a descender el cerro en el que amanecieron.


“Luz, no es hora de llorar ni de quebrarse por lo que pasó. Apenas salgamos de acá, lo hacemos. No salimos vivos del asalto para morir acá”. Le repitió Manuel, sabiendo que fácilmente podían ser tragados por la enormidad de la naturaleza.


Debido a la fuerte lluvia de la noche, el río ocre ─por su mezcla con la tierra─ entraba imperiosamente a los caños anegados, y la corriente de estos cambió su curso, lo que hacía más difícil saber el rumbo a tomar. Era una mezcla de inexplorada jungla y pantaneros por toda dirección, que obligaba a arrastrarse, a romper con el cuerpo ramas espinosas dejando raspones, finos cortes en los brazos y rostros que ardían con cada gota de sudor que los inundaba; a atravesar quebradas a nado con los equipos y Venus a hombros, pues estaba fundida y hambrienta.


El agua limpia, la leche y el azúcar se terminaron, su periferia solo era manigua y por el cielo surcaba la avioneta militar buscándolas a ellas o alguna señal celular que las descubriera. Toda la mañana escucharon motores en diversas direcciones,
eran las caravanas de comunidades cercanas y lejanas que, incrédulas, buscaban a su Comandante Uriel con vida y a parte de la comisión que aún no aparecía.


“Vamos al noroccidente que por ahí salimos al río. Guiémonos además por el sol que sale por oriente”. Luz aprendió esto por las descubiertas que mandaba ‘El Flaco’ en las mañanas, y gracias a la brújula de un celular que encendían por cortos lapsos de tiempo, encontraron el caño que desembocaba al río. Bebieron su agua turbia.


Alba y Sonia dejaron sus equipos e hicieron una avanzada para confirmar el hallazgo. Cuarenta minutos más tarde regresaron bañadas pero sonrientes y emprendieron su salida. Rodeando las cinco cuarenta de la tarde, agobiados, divisaron el suave brillo que daba el ocaso, los últimos rayos de sol que impactaban, sutiles, contra el caudal, y llenaban de arreboles el horizonte. un bote de la comunidad les recogió justo a la “hora mágica”, la hora del día de la que tanto hablaba y amaba ‘El Flaco’, la más hermosa del Chocó.

Yo nací y crecí bajo las estrellas de la Cruz del Sur.
Vaya donde vaya, ellas me persiguen.
Bajo la cruz del sur, cruz de fulgores,
yo voy viviendo las estaciones de mi suerte.
No tengo ningún dios. Si lo tuviera,
le pediría que no me deje llegar a la muerte: no todavía.
Mucho me falta andar. Hay lunas a las que todavía no ladré
Y soles en los que todavía no me incendié.
Todavía no me sumergí en todos los mares de este mundo,
que dicen que son siete, ni en todos los ríos del Paraíso,
que dicen que son cuatro.
En Montevideo, hay un niño que explica:
Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Eduardo Galeano
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