Jorge 40 Y SUS MÁS DE 4 MIL HOMICIDIOS.


II parte
Por: Guillermo Rico Reyes.

En la primera parte de esta historia escribí la forma como el paramilitarismo respaldado por buena parte de la clase política, ha perseguido desplazado y asesinado a miles de campesinos pobres cuyo único delito fue tener tierras o exigirlas. Casi se convirtió en pena de muerte ser labriego pobre con parcela. Eso los pone como objetivos militares para apropiarse de esos terrenos.
También narraba cómo se desarrollaron las masacres de los pueblos palafitos ubicados en la Ciénaga del Magdalena, Trojas de Cataca, donde la prensa referenció unos 30 muertos, pero sus habitantes aseguran que la cifra fue superior a los 300, de las más de 100 viviendas, no quedó nada. A Buena Vista no la atacaron, asesinaron a los pescadores que se cruzaron por el camino de los paracos de Jorge 40, cuando se dirigían a Nueva Venecia.

¿Por qué las Masacres?
El seis de junio de 1999, la “oligarquía costeña” fue atacada en su cimiento por un grupo de guerrilleros del ELN. El grupo de ricos de la costa había creado un club de pesca y en su sede se reunían con frecuencia para organizar incursiones a lugares donde su objetivo se disfrutaba plenamente.

Ese domingo, cuando regresaban, fueron interceptados por hombres que a primera vista parecían militares que se movilizaban en lanchas rápidas; lo que nunca imaginaron es que eran guerrilleros, por eso no se defendieron.
Nunca se supo el número exacto de víctimas de este hecho; muchos de los plagiados eran empresarios o comerciantes de importancia en la vida económica de la costa, pero al parecer también había personas de grandes y dudosas fortunas, que nunca estuvieron en la lista de secuestrados. Por eso no se supo el número exacto; aunque para las autoridades era un grupo de nueve pescadores recreativos, otras fuentes aseguran que fueron más.
La noche ayudó a los asaltantes; “los botines” humanos fueron transbordados a naves más veloces, pero la espectacularidad de la acción terrorista puso en alerta a muchos colegas que casi transmitimos en directo lo que estaba sucediendo, alertando también a las autoridades.


Las lanchas fueron seguidas por helicópteros lo que obligó a los secuestradores, a meterse a la Ciénaga Grande donde tampoco pudieron despistar a sus seguidores. Se dirigieron entonces a los pueblos Palafíticos y con fusil en mano, obligaron a los pescadores a entregar sus lanchas y ya mimetizados con el medio ambiente, coronaron su acción criminal.
Era la forma en que los insurgentes le cobraban un favor que un par de años antes le habían hecho a los pescadores: resulta que la delincuencia se había tomado la ciénaga; esperaban a los pescadores con sus lanchas llenas y les robaban todo. Cansados de que las autoridades no hacían nada, varias personas se acercaron a integrantes del ELN y les pidieron que los ayudaran contra esos depredadores… y la guerrilla accedió. Ahora, con el secuestro masivo y la exigencia de sus lanchas, les cobraron “el favorcito” al mismo tiempo, abrían la puerta de la venganza que llegó un año y varios meses después, el 22 de noviembre de 2000
La masacre de Trojas del Cataca se realizó con bombas incendiarias, granadas de fragmentación y cuando las casas estaban ardiendo y sus habitantes salían de ellas, dispararon ráfagas con armas automáticas, no quedó ninguna casa en pie. En Nueva Venecia el ataque se inició de una forma similar, pero después, con la luz del sol, recogieron a muchos campesinos y los llevaron al único lugar de tierra firme; la pequeña plaza donde está la iglesia que sirvió como escenario de un juicio improvisado


Los asesinos sacaban por grupos de “culpables y casi de inmediato otros paramilitares los ponían en fila y los fusilaban. En las paredes quedaron las manos pintadas con sangre que se escurrían hacia el suelo, -fue muy duro ver eso en la iglesia y la escuela- cuentan los testigos, la mayoría huérfanos y viudas.
La desesperanza de los sobrevivientes fu creciendo por días. Los que salvaron sus vidas se reencontraron en diferentes lugares si saber qué habría pasado con los suyos, al lograr llegar a sus casas, dos o tres días después, el ejército que se había tomado la región anunciaba, con lista en mano los nombres de algunos muertos, pero los desaparecidos eran más. Cuando alguien preguntaba donde podían reclamar algún cadáver, la respuesta era aún peor: “deben estar enterrados en algún cementerio de estos pueblos…”
Pasaron algunos años y nadie los volteó a mirar, solo hasta el 2004 una grupo de habitantes de Ciénaga, Magdalena se metieron a trabajar con los habitantes, a gestionar en la gobernación muchas cosas: ayuda humanitaria, aunque fuera lo básico, mantas, comida, y en las navidades… los regalos de los niños, pero con un nudo en el corazón viendo la indiferencia de los poderosos-.
Lo que percibían los integrantes de ese grupo humanitario era que los habitantes nunca supieron qué les iba a pasar, y después nadie les dijo cómo calmar ese dolor. Los dejaron tirados, nadie los ayudó, ningún establecimiento estatal se hizo presente; ellos se volvieron como el humo en medio de la noche, que nadie ve.

Atravesando la Ciénaga Grande
Logré que un pescador me llevara a Nueva Venecia. A menos de media hora ya no había señal de celular, ahora estaba a mi suerte, en medio del agua medio dulce, medio salada, pero con una vista espectacular, tomando fotos a todo lo que veía, con una mezcla de sentimientos. Mientras disfrutaba el panorama, pensaba que por allí habían pasado las tropas de Jorge 40, o los secuestrados del ELN, o que quizá, donde me encontraba, habían caído abatidos inocentes pescadores a quienes la guerra invadió sin que ellos se percataran.
-Allá queda Buenavista-, me mostró el canoero, -está como a una hora. ¿Quiere ir allí? – Sí, pero de regreso, respondí. Entonces el ruido del motor se incrementó y la velocidad también. La ciénaga es tan rica que varias veces los peces saltaron dentro de la canoa.
¿Cuántos murieron en Trojas de Cataca? Pregunté al canoero -Nadie lo podrá saber- me respondió, pero además porque las autoridades no entraron a recoger cadáveres el mismo día, así que muchos de los cuerpos fueron arrastrados por las aguas o devorados por los animales del sector; el punto es que de unas 80 o 100 familias no quedó nada.

El procesamiento de identificación tampoco se hizo con los rigores judiciales requeridos; su descomposición no lo permitió, por lo que se agilizaron las acciones de los legistas y muchos de los cuerpos fueron sepultados sin la compañía de sus seres queridos, sin una miserable flor sobre sus tumbas, sin una lágrima. Así que en mi recorrido decidí que no valía la pena ir hasta Trojas de Cataca, simplemente porque allí ya no queda nada.

Nueva Venecia

Después de un buen trayecto y de meternos por lugares donde la vegetación parecía cerrar el paso, se abrió nuevamente la inmensidad el agua de la Ciénaga Grande y allá, al fondo, comenzaron a asomarse los primeros techos de las casas de Nueva Venecia.


Es un lugar hermoso, fotos y más fotos era lo único que se me ocurría hacer, -yo nací allí, -me dijo el canoero, -allí están mis tres familias, mis padres, mis suegros y la mía-.

Los moradores cuentan que el pueblo tiene más de un siglo, fue hecho por indígenas y descubierto por lo pescadores que buscaban mejores botines en sus redes; era la época de las lanchas con canalete, es decir con remo, los motores no existían, así que quien llegara hasta estos parajes desde alguna población en tierra, era porque le había tocado remar hasta por días, así que los pescadores comenzaron a quedarse, a armar improvisados cambuches y con los costos de los arriendos en las casas donde vivían sus familias en tierra firme, terminaron habitando y creando estos pueblos palafíticos. Aquí las dificultades económicas no se sienten, la comida es proteína animal y mucha vegetación, no existen problemas de higiene, ya que la ciénaga se lleva los desechos, que tampoco son muchos; los moradores han generado conciencia y han realizado campañas de protección al medio ambiente. En fin… es un paraíso.
¿Usted perdió seres queridos en la masacre?
-Si, a varios, todos perdimos a alguien en esa matanza. Pocos minutos después estaba frente a mi primera entrevistada, era una mujer que mantenía el luto. Su vestido demostraba cuántos años la había acompañado en su dolor, dolor que quedó en evidencia con la primera pregunta, cuando le pedí que me diera su nombre y me contara lo que había pasado allí hace 19 años…
-Bueno, yo me llamo Rosa Matilde Mejía Manjarrez. Ellos llegaron como a las tres de la madrugada, mi esposo levantó al escuchar los primeros disparos- ella señaló un monte verde mientras decía: –Allí había una casa, y mi esposo abrió la puerta y vio un grupo de hombres vestidos de negro que estaban en varias lanchas rodeándola; contra ella es que habían disparado. Era la primea vez que se metían los paras y a mí me pareció que eran de otro mundo-.
-Miré para el otro lado y vi una lancha donde llevaban al vecino y como ocho personas con él; ahí estaba el hijo y la nuera que estaba embarazada y cuando se dio cuenta que le habían disparado a otros pescadores, se tiró de la lancha, entonces los paras lo buscaron con luces que iluminaban contra el agua a ver si lo veían y apuntaban con los fusiles, pero no lo vieron porque tampoco dispararon-.
Doña Rosa dice que fueron más de 60 muertos que estaban tirados en la plaza frente a la iglesia. Ese mismo día salió para Sitio Nuevo, una población cerca de Soledad, en el departamento del Atlántico, donde se quedó por dos meses; pero en enero ya estaba de regreso a su pueblo y a su casa: -Los hombres no pudieron conseguir trabajo porque nadie sabe oficios diferentes a la pesca, aguantábamos mucha hambre, así que les dije a mi esposo y mis hijos que nos devolviéramos, que Dios nos protegía y que no nos pasaría nada; desde entonces aquí estamos-.
¿Qué pasó con los muertos de ese día, a dónde se los llevaron? -A los cuerpos que se llevaron a Sitio Nuevo les hicieron funeral, pero me refiero a los muertos que se llevaron los mismos familiares, porque los que se llevaron las autoridades los enterraron en fosas comunes. Y mire, pese a tanto tipo que ha pasado, aún no se sabe quién fue el responsable de esto. Nunca pasó nada, lo que queda en claro es que hoy, cualquier jonson (lancha con motor) que pase por las noches le produce miedo a uno, así que uno se encierra y no quiere saber de nada de los que pasan-.
-Con la misma sangre de los muertos pintaron letreros amenazando al que regresara- asegura, sin embargo, ella fue la primera que volvió y a los pocos días su hermana; después, todo el pueblo fue llegando. Solo unos pocos se quedaron en Soledad.
-A nuestro regreso todo estaba saqueado, no encontramos nada, lo poco que teníamos se lo robaron; cuando empezamos a tener algunos pesos, volvimos a comprar las cosas que íbamos necesitando: la estufa, los cilindros de gas, un radio, y así volvimos a recuperar lo que se nos llevaron cuando la casa estuvo sola-.
En el corredor de la casa que habita desde que regresó después de la masacre, doña Francia Helena Mejía se pasa las horas en el vaivén de su silla mecedora; pareciera como que se quedó esperando que la muerte la alcance, su rostro refleja las penas que le produjo la masacre que no ha olvidado. Fue quizá una de las entrevistas que más me conmovió. Desde la lancha me identifiqué, le conté que era periodista y que la quería entrevistar; sin saber siquiera qué le iba a preguntar, ella me autorizó para hacerlo, entonces subí al lugar donde se encontraba y cuando le pregunté sobre lo que ella vivió esa madrugada, estalló en llanto.

-La matraca nos hizo salir corriendo-, me dijo mientras se levantaba de la silla y a la par que hablaba, sacudía sus manos desesperadamente, como si aquella barbaridad la estuviera viviendo nuevamente en ese mismo instante. Levantaba la voz, lloraba, gemía, se llevaba sus manos a la cara y volvía a gemir, cada vez con más desespero. Intenté calmarla, pero cuando hable, mi voz estaba entrecortada y por mis mejillas las lágrimas escurrían, quien sabe desde cuándo yo estaba llorando con ella…

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