Mié. Dic 8th, 2021

Ruben Lautaret, el último «barrionalista»

Por Nicolás Centurión 

Esta es la historia de Ruben, un herrero uruguayo que nunca dejó de cultivar la solidaridad con la épica del día a día, sin laureles, desde el anonimato. De la lucha tupamara a la cárcel en Uruguay; de la Revolución Sandinista al duro revés de los años 90; del internacionalismo nuestroamericano al «barrionalismo» de la Ciudad de la Costa.

Es el mes de julio de 1979, año del triunfo de la Revolución Sandinista de Nicaragua. A exactamente 5.935 kilómetros, en una cárcel de Uruguay, un joven preso político celebra el hecho y promete a su compañero de celda que pronto estará en tierras centroamericanas. Su compañero, incrédulo, piensa que se trata de un delirio. Pero un año después, Ruben, aquel uruguayo que soñaba entre los barrotes, arriba a Managua y se enrola dentro de las filas del Ejército del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El barrio

La casa de Ruben es única. Casi indescriptible. Sobre un gallinero se ubica un contenedor alto y personalizado. Dentro de él, una escotilla lleva a su taller de herrería. Allí, la madera y el hierro se funden para decorar su hogar.

La conversación de Ruben va de la actualidad al pasado y de allí a todas las direcciones que el viento permita. Los temas se van sucediendo, amontonando, encastrando. Las historias van y vuelven otra vez, entrecortadas, a veces truncas, siempre profundas. Comenta que la noche anterior, antes de dormir, se puso a repasar las “dos mil trescientas ochenta y siete etapas de su vida.” Pero nunca llega al final. Morfeo le gana siempre a la memoria. 

Es inevitable describir a Ruben como un Quijote anónimo. De los tantos de este mundo que no figuran en las grandes páginas de la Historia con H mayúscula, pero que la escriben todos los días. Un internacionalista y sobre todo un «barrionalista» como dice la banda de rap Los Chikos del Maíz

De camino al supermercado no hay persona que no lo salude. Una muchacha le agradece un par de championes -zapatillas- que le consiguió. Ruben se enoja con unos muchachos en moto que andan demasiado rápido en un calle en donde juega un grupo de niños y niñas. Si. En la calle. Niños y niñas. Cosas que aún suceden en Uruguay. También saluda a dos juntadores de leña que van muy contentos por haber encontrado en el monte fresnos en vez de los usuales pinos. No fue otro que Ruben quien soldó generosamente el carro en el que cargan la leña. 

Exposición de una de las obras de herrería de Ruben Lautaret.

Ya en el supermercado también lo saluda el guardia de seguridad. Intercambian unas bromas. El guardia confirma lo que todos ya sabemos: “no te vas a encontrar una sola persona que diga que Ruben es mala persona. ¡Qué tipo bueno! Yo lo pienso como un jipi de los ‘60″. Terminan por agendar un asado para la semana siguiente. Bastan cuatro cuadras para que el barrio muestre lo que sos. Esa es la única verdad. 

Tupas

Ruben nació el 21 de junio de 1946. Siendo un joven trabajador de Sudamtex, una fábrica textil del departamento de Colonia, se afilió al sindicato clandestino del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T). Por ese entonces la guerrilla urbana de los “Tupas” ponía en jaque al gobierno autoritario de Pacheco Areco del Partido Colorado, antesala de la dictadura cívico-militar.

Los tupamaros empezaron denunciando y publicando libros contables de los bancos y empresas que realizaban fraudes financieros. También interceptaban camiones con alimentos y los repartían en los barrios más necesitados de la periferia. Luego la guerrilla fue subiendo el tono de sus operaciones con asaltos a clubes de tiro, cuarteles y armerías. 

Uruguay, tan distante del mito de «la Suiza de América», se encontraba con un movimiento estudiantil y obrero en ebullición. Por ese entonces se hacía sentir el impacto de la Revolución Cubana, el del Mayo Francés y las propias contradicciones sociales de un país gobernado durante décadas por estancieros, banqueros, empresarios y políticos corruptos. 

Uno de los puntos álgidos de la guerrilla fue el secuestro y posterior asesinato de Dan Mitrione. Un personaje macabro, agente del FBI y asesor de seguridad norteamericano que viajaba por el Cono Sur enseñando técnicas de tortura y métodos de contrainsurgencia. 

Para el año 1973 la organización, tras recibir duros reveses militares, estaba casi liquidada. Pero la saña castrense igual condujo a un golpe de Estado en consonancia con la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por el imperialismo estadounidense.

En 1972 Ruben cayó preso. En una de esas particularidades del Uruguay, mezcla de cinismo y de tragedia, tras su paso por la cárcel de Colonia fue enviado a una cárcel en San José que se llama “Libertad”. Por ese entonces arreciaban en el país las medidas prontas de seguridad: sucesivos decretos que limitaban derechos como la libertad de reunión, clausura de periódicos, proscripción de partidos políticos, etc. Las víctimas se contaban de a decenas y el Parlamento terminó por declarar el estado de guerra interno. Ese era el telón de fondo de un país que estaba llegando al fin de una etapa. 

La cana

En la cárcel, los presos políticos se mancomunaron en el esfuerzo de sostenerse los unos a los otros. Se comunicaban a través de código morse, celda por celda, golpeando los cepillos de dientes. A través de hojillas de fumar escribían cartas, poemas, comunicados, resoluciones y todo aquello en lo que la palabra podía sortear la censura del presidio. 

A pesar de la unidad y la contención recíprocas, las tortuosas condiciones de vida llevaron a que más de 200 compañeros y compañeras decidieran ponerle fin a aquellos horrores, terminando con su vida. 

No hay palabra, ni intérprete, ni libro que pueda traducir lo que pasa por la cabeza de un preso político, de una persona confinada por otro ser humano, en una situación en la que el deshumanizado acaba por ser el propio carcelero.  

La dictadura cívico-militar uruguaya se extendió del 27 de junio de 1973 al 1° de marzo de 1985.

La cárcel de Colonia trajo al mundo a un Ruben distinto del que había ingresado. El artista japonés Katsuhika Hokusai cambiaba de nombre cada vez que se encontraba en una etapa distinta de su obra. Ruben sigue siendo Ruben pero es innegable que cambió de ropajes y piel más de una vez. ¿Y quién no?

Nicaragua

El periplo de Ruben hacia Nicaragua empezó por Montevideo, pasando por Chuy (ciudad fronteriza con Brasil). De allí a Río de Janeiro, en donde se encontró con un grupo de uruguayos. Luego se dirigió a Francia, en donde cocinaban y vendían crepes en las calles parisinas “a dos sartenes”,  para así costearse la vida y poder pagar a los abogados de los compañeros argentinos que estaban presos.

La victoria del sandinismo había acabado con la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, la que había arrastrado al país a la normalización de terribles umbrales de violencia, miseria y corrupción. Los guerrilleros capturados por el ejército acababan siendo el almuerzo de los leones que el propio Somoza tenía en su búnker, mientras quienes tenían “la suerte” de salvarse de ser devorados eran colgados por los pies de un helicóptero para luego  ser lanzados al volcán Momotombo. 

Nicaragua fue un refugio para Ruben, pero ante todo una nueva etapa en su vida. El uruguayo había debutado en la lucha perdiendo, “comiendo cana” como se dice coloquialmente. Pero la vida le daba una segunda oportunidad: ser parte de una revolución triunfante, aunque no exenta de contradicciones. Los nicas miraban de reojo a los cheles (como le dicen a los de tez blanca) porque creían que su presencia allí podía confundirse con la de los gringos. Ruben, como muchos hijos de paisano, podía pasar por tal.

Al otro día de haber llegado ya estaba trabajando en la alcaldía de Managua. Desde allí, pero también monte adentro, trabajó con las cooperativas de pequeños productores, donde les enseñaba herrería para que pudieran arreglar sus máquinas. Allí, colaborando con los campesinos, siendo y haciendo revolución, Ruben pudo conocer Nicaragua palmo a palmo, y ver con sus propios ojos los barcos de los marines yankis que pretendían dinamitar el proceso. 

Fue en Nicaragua en donde nació su hija mayor, en medio de una cultura mesoamericana bastante distinta a la uruguaya. Así transcurrieron diez años juntos con otros compatriotas e internacionalistas de latitudes impensadas, en un contexto en que la revolución parecía invencible. El compromiso era enorme luego de haber puesto fin a una de las dictaduras más largas y sangrientas de Nuestra América con el protagonismo del pueblo en armas. 

La derrota 

La derrota del Frente Sandinista de Liberación Nacional en las elecciones de 1990 fue un mazazo. -Peor que la cana, bo -narra Ruben. Nicaragua era su proyecto de vida. Al otro día de las elecciones de aquel fatídico domingo, el FSLN tenía que inaugurar una metalúrgica de medio millón de dólares en la que Ruben había trabajado durante meses. No pudo hacerlo, y pocos meses después fue la derecha la encargada de inaugurarla, ya de nuevo en el poder. 

La noche del recuento de votos se juntaron, con el fin de celebrar, todos los uruguayos que residían en Managua. Los fusiles, prontos para que las balas surquen el cielo en señal de festejo, tuvieron que guardarse. La diferencia, letal, fue de unos 450 mil votos. Un margen escaso que sepultó un proceso revolucionario de 11 años de duración. 

La gente no quería más guerra. Dos años antes se le había asestado un golpe terrible a “la contra” -tal era el nombre dado a los mercenarios encargados de sabotear el proceso- causándole alrededor de 18 mil bajas. Pero a esto los muertos, los lisiados, los mutilados y el hambre pesaban en la moral del pueblo. La guerra es un barril sin fondo que se traga todo -afirma Ruben. El sufrimiento no dejaba de ser sufrimiento, aún en medio de una guerra de liberación, porque a los 11 años de actuación de “la contra” había que sumarle la amarga experiencia de 80 años de dictadura somocista. 

A la izquierda, Violeta Chamorro, la candidata conservadora electa. A la derecha, Daniel Ortega, líder histórico del sandinismo.

Al otro día de la derrota, en la plaza principal de Managua, un millón de personas clamaban para que Daniel Ortega no entregara el gobierno. Ya era demasiado tarde. Ortega declinó y el sueño de miles se derrumbó. Un mes y medio demoraron Ruben, su compañera y sus dos hijas en volver a Uruguay. El FSLN se partió en varios pedazos y algunos compañeros de armas decidieron volver al monte y llevarse los fusiles consigo. Ruben no siguió ese camino, aunque tampoco lo descartó de plan: si me invitaban, me iba con ellos -asegura. 

El regreso

Luego del retorno, los días, y también las noches, se inundaron de reflexiones, pensamientos, conjeturas y reproches. Ideas que se van rumiando en busca de saber en qué se falló, y en cómo no volver a cometer los mismos errores. 

Los años hicieron que Ruben se vuelva un referente barrial atento y solidario, una parada ineludible de todo militante que vuelve al barrio que lo vio crecer. Él sigue allí, escoltado por “los cuatro de Liverpool” -como los llama-, quienes observan desde la pared, en una especie de altar improvisado, mientras el herrero comparte algunos de sus escritos. No son precisamente John, George, Paul ni Ringo. Sus cuatro, variopintos, son Alfredo Zitarrosa, el Che Guevara, Marilyn Monroe y Carlos Gardel. Su conversación continúa, serena, y rebota por los temas más diversos: desde Donald Trump hasta los errores del Frente Amplio, del análisis de la derecha golpista en Bolivia hasta las recetas de cocina que aprendió para sobrevivir en París, de García Márquez y Borges hasta el cuidado de las plantas de la huerta. 

El proceso revolucionario que marcó su vida fue derrotado, pero las ideas en Ruben nunca se marchitaron. Su espíritu inquieto lo sigue impulsando a forjar ese hombre y mujer nueva en el día a día, desde la creación de una biblioteca popular hasta cualquier arreglo que cualquier vecino o vecina precise para poder seguir laburando. 

Algunos dirán que Ruben es un defensor de causas perdidas, cuando los únicos “perdidos” son en realidad quienes dejaron de perseguirlas. Asegura, incluso, que si tuviera 10 años menos se iría a luchar por Venezuela.  Ruben, internacionalista en Nicaragua y barrionalista en todos lados, es tajante en esto: quizás perdimos por el idealismo -afirma- pero sin dudas fue por él que nos salvamos. 

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