• octubre 1, 2022 9:48 pm

Camilo Torres Restrepo: La educación católica y la cultura política

PorRosalba Alarcón Peña

Mar 28, 2021

Hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo xx, gran parte de la educación de los colombianos estuvo en manos de la Iglesia Católica, incluso la educación pública no fue tan laica como hubiese sido en una sociedad más liberal. El peso específico de ese modelo de educación llenó de sentimiento de culpa cada acción humana y de un moralismo extremo al conjunto de la sociedad.


Fue en su esencia un modelo de educación deformado que, si bien se preocupó por los valores cristianos, estos estuvieron vacíos de contenido y prácticas reales. Las reflexiones de Camilo al respecto son contundentes, entiende que el analfabetismo cristiano está unido al fracaso de ese modelo educativo mojigato que empobreció el espíritu humano y ciudadano en un modelo de moralismo conservador e hipócrita. Hoy habría necesidad de pensar si el proceso migratorio de los católicos hacia las nuevas iglesias no obedece al reclamo de Camilo de hacer del amor al prójimo un amor eficaz, construido no en la caridad menesterosa sino en la solidaridad social.

Camilo sabe que la educación es fundamental para las transformaciones humanas, y que el modelo existente es inadecuado e insuficiente. En cuanto a la educación en general, creo que debemos afirmar que nuestro pueblo no tiene una educación cristiana. Como tantas veces se ha dicho, somos un pueblo de bautizados pero no de verdaderos cristianos. Con todo, me parece que la institución que en Colombia ha hecho una labor más auténticamente educativa, es la Iglesia Católica. Sin embargo, a pesar de que no cuento con informaciones estrictamente estadísticas, creo que se puede afirmar que el porcentaje de auténticos cristianos que salen de las manos de los educadores católicos, es bastante bajo.

Para Camilo no es suficiente haber pasado por un modelo de educación católica. Lo que constituye la esencia de este modelo es la formación en los valores cristianos; no como simple enunciado concedido por un catolicismo nominal, sino como fundamento de la vida humana y social que definen un cristianismo real.

A esto se suma algo que caracterizó la educación católica de calidad y que Camilo hace evidente cuando señala que se puede afirmar que la mayoría de los que reciben instrucción, pertenecen a las clases más adineradas. Si esto resulta cierto y gran parte de las élites fueron formadas en instituciones católicas, cómo se explica la precariedad ética y moral que las caracteriza en general.

Camilo quiere liberar a la institución y a la educación religiosa sin absolverla de culpa, señalando que: yo creo que la “desastrosa situación moral y social”, como cualquier situación moral y social, no puede tener como única explicación un sólo factor. El elemento educativo es uno de los tantos que han influido, en mi concepto, en esta situación. Para Camilo también juega la decisión personal; el individuo en el ejercicio de su libertad define las rutas que quiere seguir frente a la oferta que le presenta el contexto social y el momento histórico que habita. Por esto, Camilo afirma: yo creo en la autonomía del hombre. Creo también en que una de las grandezas del cristianismo es el pedir pero nunca forzar la adhesión a sus principios. El cristianismo tiene la gloria de no poder actuar si el hombre no quiere.

El modelo de cristianismo ideal por el que trabaja Camilo lo conduce hacia reflexiones que colocan la discusión en la esencia del modelo de cristianismo construido en occidente por la Iglesia Católica. Él considera que ha habido una tensión entre lo esencial del cristianismo y lo accidental de este y que, de distinta manera, hay quienes han dado más importancia a lo esencial, lo transcendente, que a lo accidental, lo inmanente; y quienes han dado más importancia a lo accidental que a lo esencial, sin que se produzca un equilibrio entre lo uno y lo otro en una síntesis realizadora de la condición cristiana. Camilo apunta: una de las más graves fallas de nuestro cristianismo es la de haber perdido su carácter de testimonio. Testimonio humano que se debe realizar, por el amor, en todas y cada una de las actividades del hombre. Testimonio que vemos ausente del patrimonio moral de nuestra sociedad, y de la estructura oficial de la actual civilización occidental.

Este quiebre del cristianismo con la naturaleza de las prácticas religiosas, ha dado origen a un divorcio entre la práctica religiosa y la mentalidad cristiana. Encontramos muchos grupos de una gran mentalidad cristiana, sin práctica religiosa, y otros tantos de una estricta observancia de las prácticas, sin mentalidad cristiana.

Para Camilo es fundamental que se produzca una síntesis en la que mentalidad y la práctica funcionen de manera coherente y complementaria, de tal forma que la Acción Testimonial esté dirigida a lo esencial sin dejar de lado lo accidental. La práctica religiosa debe guiarse por los principios que fundamentan el Evangelio, cuya síntesis, considera Camilo, es el amor, que, a su parecer, no depende de las épocas. Para Camilo el amor es la fuerza fundante de un cristianismo que se hace testimonio de vida y que debe habitar de manera explícita todos los espacios en que se posibilita lo humano, transformándolos para su realización.

Pero, ¿Cuál debe ser la actitud de la Iglesia y de los cristianos frente a la pobreza y a la explotación que constituye lo real de lo accidental? Camilo considera que en la comprensión de la actitud de la Iglesia en relación con la explotación del pueblo, se deben distinguir dos campos: el oficial y el particular.

Oficialmente la Iglesia en Colombia, por medio de las Pastorales del Episcopado, ha condenado esta explotación haciéndose eco de las anteriores condenaciones de los Pontífices. En particular es triste confesar que la doctrina pontificia, como el mismo Papa lo ha observado, es en estas materias bastante olvidada.

En lo particular la influencia del ambiente es definitiva en este aspecto. Para ilustrar esta situación, es interesante ver el contraste entre los católicos colombianos y los católicos europeos. Para éstos, es algo inevitable que la explotación del pueblo debe ser combatida y denunciada. Existen revistas que tienen como único objeto el dar a conocer la inmensa miseria que existe en el mundo. Los sacerdotes consagrados al estudio de los problemas sociales, son considerados
indispensables para la acción de la Iglesia. Aquí, en general, los católicos se extrañan de que un sacerdote “pierda el tiempo” dedicándose a la investigación de estos problemas.


Para esta época, a medio camino de su formación sociológica Camilo considera que el control ideológico que la Iglesia ejerce sobre la civilización occidental es un control muy débil desde el punto de vista social. Precisamente porque la Iglesia no fuerza la adhesión a sus principios. Para él el Evangelio no intenta transformar socialmente al mundo. Otra cosa es que las consecuencias de sus principios hayan llevado a transformaciones tan trascendentales como la abolición de la esclavitud, la valoración social y política de la persona humana en el movimiento democrático y la exaltación de los valores económicos y del humanismo marxista, más cercanos a los ideales y principios de un cristianismo primitivo e ideal.


Existe en esta etapa de la evolución del pensamiento de Camilo una apuesta por la singularidad de lo humano, su naturaleza y sus posibilidades. Parte de una terrible afirmación que está detrás de la enmienda de la condición perversa del ser humano, de su condición de “sujeto de pecado”. El hombre, según la Iglesia, sí tiene “inclinaciones” hacia el mal. Su naturaleza es “perversa”, no en su esencia, sino accidentalmente. Por eso puede ser corregida. Este es uno de los grandes valores, dice Camilo, de la concepción cristiana sobre las reformas sociales. Para nosotros el origen de los problemas sociales radica, fundamentalmente, en el hombre. No en la sociedad, como lo afirmaba el Liberalismo Filosófico, ni en la propiedad privada, como lo afirma el marxismo. Nosotros creemos en la redención del hombre por el hombre, en una forma mucho más profunda que las anteriores ideologías. Porque nosotros creemos que el hombre es capaz de hacer mal como es capaz de hacer bien.

Desde esta concepción, Camilo considera que los cambios deben comenzar a producirse en lo humano y trasladarse a lo social, o darse simultáneamente, aunque en la práctica lo primero precede lo segundo de manera inevitable. Nadie puede cambiar el mundo si el mundo que quiere cambiarse no ha cambiado en aquellos que lo pretenden cambiar, porque si no es así no existe Acción Testimonial que sirva de ejemplo y guía.


Hoy habría necesidad de revisar con especial detenimiento afirmaciones de Camilo que por el orden de los tiempos se han vuelto importantes, tanto en el campo de la reflexión de lo humano, como de lo social y político. Decía antes que el hombre es capaz de hacer mal como es capaz de hacer bien, por su propia determinación. Para la reforma social hay que comenzar con la reforma humana individual. Evidentemente hay una interacción entre estos dos elementos.

Por eso las dos reformas, en el orden cronológico, hay que comenzarlas simultáneamente. Si la Iglesia dijera solamente que hay que conformarse con las situaciones sociales existentes, sería verdaderamente “el opio del pueblo”. Si dijera únicamente que hay que hacer reformas sociales, mataría toda actividad independiente y personal del hombre. Y por lo tanto afirma que hay que reaccionar contra las estructuras sociales y humanas, pero que esa reacción debe ser más técnica que sentimental. Más basada en la justicia, que en la lucha de clases.


En el proceso de estas reflexiones que ocupan sus primeros años de vida sacerdotal emergen los fundamentos de lo que constituye la esencia del pensamiento de Camilo: el amor como fuerza transformadora de la condición social y la esencia de lo humano como soporte de un humanismo social, el que Camilo considera, desde su perspectiva cristiana, no está muy lejos del humanismo marxista. Al hablar del humanismo marxista no es porque yo crea ni que es un humanismo auténtico, ni que los pensadores marxistas se hayan inspirado, conscientemente, en el Evangelio. Yo creo que esa insistencia desmesurada en el hombre y en su parte material, no es sino una consecuencia del gran movimiento humanista cristiano.

Rosalba Alarcón Peña

Rosalba Alarcón Peña, periodista y Defensora de Derechos Humanos, directora del portal web alcarajo.org y la Corporación Puentes de Paz "voces para la vida". Además, analista y columnista del conflicto armado de su país natal (Colombia) en medios internacionales.

Deja un comentario