• mayo 26, 2022 10:10 pm

VOZ visitó barrios de Barranquilla para saber cómo se organizan y cómo operan las estructuras para la compra de votos y coacción de electores. Los clanes políticos actuarán con más cautela en las próximas elecciones

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@Aurelianolatino

En el trayecto del aeropuerto al centro de Barranquilla, ya el taxista estaba justificando la compra de votos. Alegaba que es algo normal. “En todo el país todos los políticos lo hacen”, dijo resignado.

Con la emoción con la que un niño puede contar el momento en que conoció a Falcao, este hombre de unos 65 años recordaba cuando conoció a los Char, “a los viejos”, aquellos que iniciaron con una pequeña droguería Olímpica a la que “todo el mundo iba”.

“Los negocios fueron los que obligaron a los Char a meterse a la política”, contó. “Tú sabes que los negocios fueron creciendo y apenas con los votos de sus empleados esos manes salían. Le pongo que en Barranquilla le daban empleo a más de 50 mil personas y a cada una le pedían cinco votos. Mi hermana fue gerente de una empresa de empaques transparentes de ellos y ponía 20 votos porque es la cuchara…”.

Mi asombro por la normalización de estas prácticas pasó rápidamente al darme cuenta de que, desde hace décadas, en Barranquilla mucha gente las hace sin notar o reconocer el delito.

Al día siguiente, mientras las casas electorales de Atlántico continuaban aceitando su maquinaria para el 13 de marzo, en una reunión del Pacto Histórico de Soledad sus dirigentes discutían y se quejaban por no tener recursos y publicidad para hacer la campaña a la Cámara de Representantes.

Agmeth Escaf, cabeza de lista, tiene que buscar alternativas para salir al paso y debió reacomodar su agenda de reuniones y visitas a los barrios para hablar directamente con la gente. Pidió coger in fraganti a un mochilero para entregarlo a las autoridades. Según el candidato, la compra de votos y la coacción es lo que más le hace daño a la propuesta alternativa.

Otro dirigente del Pacto denunció que llegó a casa de unos amigos, “que desde hace mucho me dijeron que votarían por nosotros y encontré que tenían el afiche de un candidato del Partido Conservador. Cuando les pregunté la razón, me dijeron que era para que su hijo no perdiera el trabajo, que en la empresa le habían dicho que tenía que ponerlo y que su familia debía votar por él”.

El reclutamiento

No solo la coacción al elector es una práctica sistemática en este departamento. La compra de votos es más común. Por eso, luego de unas gestiones logré contactar a unos mochileros que hacen su trabajo en barrios pobres. Explicaron la composición y el funcionamiento de las estructuras para el desarrollo de estos mecanismos. Aclararon que las casas, clanes o familias más poderosas para esto son los Char, Efraín Cepeda, los Name y los Gerleín.

En cuanto a la manera como operan, uno de los líderes y-antiguo mochilero que empezó a trabajar para la Cámara de Aída Merlano y ha estado en varias campañas políticas, dice que hay una estructura con jerarquía. “Es como en la mafia. A uno le hacen un seguimiento, ponen unos filtros para ver qué votos tiene o puede poner y lo reclutan”, revela.

Años atrás, estas organizaciones exigían fotocopias de las cédulas de los votantes y un formulario en el cual registraban los datos personales y la huella dactilar. Contrataban dactiloscopistas que verificaban que la huella del documento fuera la misma de las planillas que los líderes entregaban: “De esa manera lo iban midiendo a uno, porque no es fácil llegar a una casa a ofrecer dinero por los votos, pedir las cédulas y que llenen los formularios”, cuenta la fuente.

Este proceso se conoce como zonificación. Luego, a esas familias las visitan para saber que la información sí corresponde y que tienen el compromiso con el candidato: “Hacen un seguimiento riguroso, no se les escapa nada. A la casa que sea llegan a hacerle la didáctica. Con un tarjetón les preguntan cómo deben votar y ellos deben saberlo, porque ya uno tiene que haberles enseñado. Si lo hacen mal, uno tiene una nota negativa y nos llaman la atención”.

Reunión de dirigentes del Pacto Histórico de Soledad con el candidato a la Cámara Agmeth Escaf. Foto J.C.H.

La estructura

El votante es el integrante más importante de la estructura, porque es quien va a la urna. Le pagan al menos 50 mil pesos por el voto. “Los políticos siempre se castigan al 50%. Si necesitan 150 mil votos pagan 300 mil porque saben que hay gente que no les vota y recibe el dinero”, menciona uno de los líderes entrevistados.

La actitud de los votantes se podría explicar por el desempleo, la pobreza y la miseria a la que estas castas políticas han llevado a la ciudad. No obstante, hay miles que no venden el voto por la necesidad de los 50 mil o los 60 mil pesos.

Una barranquillera me comentó que la primera vez que votó fue hace diez años. Tenía 33. Lo vendió y no recuerda a quién. “Yo siempre me quedaba en la casa, pero ese día había un grupo de diez personas entre primos y amigos. Me convencieron. Me dijeron ‘vamos, vamos’ y me fui. Me dieron 50 mil pesos. No lo hice por necesidad porque trabajaba en una fábrica”, dice. No le ha gustado votar, aunque algunas veces lo ha vuelto a hacer sin venderlo.

Los líderes manifiestan que conocen miles de casos como este. Sin embargo, que miles sí lo venden porque no tiene qué comer. Y entre ellos, uno de los entrevistados manifiesta no estar en esa mafia por dinero o por necesidad, sino por las relaciones que ha podido hacer.

Los líderes van de casa en casa buscando los votos, zonificando y pagando 15 mil pesos por este proceso. El resto lo dan luego de haber votado. “El político necesita que mis votos estén en un solo puesto, en un solo colegio, en un solo sector del área metropolitana. Así puede controlar que le aparezcan los votos. Así nos mide y nos pide cuentas”, es el relato de otra de las personas que hacen parte de esta estructura.

Incluso, en los comandos o sedes de las campañas se sistematiza la información para detectar, entre otras cosas, que no haya cédulas en el listado de otro líder o de otra casa política.

Un líder aclara que se han dado casos en cuales políticos como Aida, con hombres armados, reclamaban la plata al no tener los votos. “Al que no la tuviera, se le metían a la casa y se le llevaban el televisor, la nevera. Y ¿qué líder va a denunciar eso si hay barrios donde la Policía no puede entrar y ellos sí entraban?”, manifiesta.

Por cada votante que consiga el líder se gana 20 mil pesos y consigue 80, 100 o más votos. Hace años, el pago se hacía mensualmente desde seis meses antes del día de elecciones: “Por ejemplo, un millón quinientos mil o dos millones de pesos lo dividían entre seis y el día de las votaciones, el resto. Ahora están tan asustados porque les tienen los ojos encima y todo lo pagarán el día de las elecciones para evitar mover dinero y reuniones”.

Coordinadores, políticos y casas

Al ascender en la pirámide están los coordinadores. Su responsabilidad controlar o manejar un grupo de mínimo 50 líderes y puede tener hasta 200, dependiendo la capacidad económica de la casa política. Fue imposible acceder a una declaración de uno de ellos.

“En las campañas de Aida no había límites de dinero. El tema de la plata no se medía para nada. Es más, todo se solucionaba con dinero. Recuerdo que por cada vez que uno iba al comando o la sede política, así fuera a tomarse un tinto, salía con 10 mil pesos para el transporte. Algunas veces, Aida autorizaba dar 50 mil cuando se salía tarde en las noches de reuniones de la ‘Casa Blanca’”, expresó uno de los entrevistados.

Es necesario recordar que esta dirigente política le contó al periodista Daniel Coronell que los dineros para la compra de votos salían de coimas pagadas por los contratistas del Estado: “Se compran votos con los dineros de la Nación, con los recursos de la Nación, con esos contratos que son entregados a dedo con unas licitaciones amañadas entre los contratistas que hacen parte de ese concierto para delinquir, para desangrar a la Nación y ellos son los financiadores de las campañas de casi todos los políticos del Atlántico”.

Un coordinador puede tener líderes en varias partes de la ciudad, aunque afianza su trabajo en cierta zona. Puede ganar 15 mil pesos por cada votante. “En la segunda elección de Carlos Rojano, conocí a un coordinador que puso más de cinco mil votos. Aparte de eso, ellos tienen cargos burocráticos en la Alcaldía o en la Gobernación o reciben contratos”, explica otro de los entrevistados, quien agrega que Aida contaba con unos 300 de ellos. En la estructura, sobre el coordinador está el candidato y. sobre éste, la casa política, el clan o la familia a la que pertenece.

En algunas oportunidades, al no quedar electo su candidato, los nuevos clanes dejaron sin dinero a sus coordinadores para el pago de los votos y metían a los líderes en problemas: “Pero eso no pasa en las grandes casas, como los Char, los Gerlein o en las fuertes. Merlano siempre cumplía, quedaran los concejales que quedaran”, anota una de las fuentes consultadas por Voz.

Desde la Casa Blanca se manejaba todo para las campañas de Merlano. Allí se realizaban las reuniones con políticos, asesores, los coordinadores y los líderes de la estructura de compra de votos.

Ante la pregunta de si alguna vez pensaron en denunciar lo ocurrido, responden que eso no sirve para nada porque las bolsas de dinero desfilaban por “las narices” de los policías que escoltaban a esos políticos: “Ellos veían y sabían todo lo que se movía, y si no lo hace un tipo de esos ¿uno qué puede hacer?”, cuestiona uno de los entrevistados, quien anota que tampoco participa de estas mafias por dinero.

Como dato curioso, uno de los líderes que habló con VOZ cree que uno de los errores de la izquierda es no saber dónde están sus electores, que por eso en la Registraduría fácilmente se los roban, porque no tiene cómo cuidarlos.

Las obras de infraestructura que muy poco favorecen a la mayoría de barranquilleros, contrasta con la pobreza y miseria que se sufre en muchos barrios. Foto J.C.H.

El transporte

Un conductor de servicio público, de un vehículo particular que trabaja a través de una plataforma, me comentó que le pagaron 200 mil pesos por llevar en su carro publicidad de un candidato de Cambio Radical. Por lo menos a él le pagan. Empleados de empresas privadas son presionados para exhibir estos afiches en sus autos.

Afirma que en sus empresas los Char emplean a unos 150 mil barranquilleros, a quienes les exigen los votos de sus familias: “Cada trabajador puede estar comprometido a poner 20 votos y deben llevar las listas de los familiares y se cercioran de que coincidan los apellidos”.

El paquete de los clanes para los sufragantes es completo. Así me lo hace saber un taxista que ha trabajado para varias casas el día de las elecciones. Narra que los 5.500 taxis con que cuenta la ciudad son alquilados con 15 o 20 días de anticipación. Exigen los documentos, los inscriben y se los dan a un líder. Lo mismo hacen con otros miles de vehículos particulares.

“A las seis de la mañana llego a un comando, espero que llegue mi líder y él me dice a qué zona me toca ir. Casi siempre voy a barrios estrato uno, dos o tres. Llego con la publicidad en la mano y les digo lo que deben hacer y que al momento de entrar deben guardar la publicidad”, manifiesta.

Votan y luego deben transportarlos al comando para que les den un refrigerio y el resto del dinero. Algunas veces al conductor le dan el almuerzo. Después los regresan a sus casas.

“El carro lo alquilan por 250 o 300 mil pesos, pero muchas veces luego viene la lloradera o las filas para que paguen. Si el carro es propio te queda un poco más, pero si es con tarifa te queda menos. Ese día uno ve cómo se mueven los fajos de billetes, ¡uff!”. Añade que muchos funcionarios de la administración de la ciudad también alquilan sus autos.

Nuevas maneras de actuar

Ante las revelaciones de la excongresista Aida Merlano y las denuncias de fraudes electorales este año el país tiene los ojos sobre este departamento. Por eso, estas casas políticas buscan nuevas formas de operar.

Antes el líder tenía que mostrar por lo menos el 70% de sus votantes en reuniones y en los listados. En esta oportunidad no están citando reuniones en los comandos, no han dado direcciones, hacen reuniones clandestinas, no han entregado las listas de los votantes que en anteriores votaciones construyeron los líderes, no piden fotocopias de las cédulas, no hicieron grandes fiestas en diciembre y no dieron regalos a los niños.

“También nos han dicho: ‘ojo con los listados, no anden con los listados, miren con quien hablan, porque a la hora que los cojan les pueden dar mínimo un mes de cárcel, mientras vemos si podemos hacen algo’. Aunque también han dicho que esta vez no van a responder por nadie. Han pensado hacer el pago del voto de manera virtual”, dice una de las fuentes.

En muchas oportunidades los políticos necesitaban mostrar seguidores en las campañas porque – explica un líder- así en la Registraduría compran cinco, diez, o veinte mil votos “y no pueden aparecer con esos votos si no han mostrado muchos seguidores”. Para estas elecciones, esas prácticas han quedado anuladas.

El desempleo y la informalidad se evidencian en las calles de la ciudad. Foto J.C.H.

Una práctica cultural

Para el politólogo y docente universitario Federico García, el fenómeno de la normalización en la compra y venta de votos tiene una explicación cultural. Indica que en la Costa en general y en algunos puntos en particular, donde fue importante la bonanza marimbera de los 70 y los 80, hay una relación con la legalidad que no corresponde con el estándar europeo.

“Las personas no se toman en serio la norma. No se toman en serio la ley ni las regulaciones estatales, que muchas veces son vistas como un estorbo para la obtención de resultados”, indica García. Asimismo, explica que “en política está muy incrustado en la práctica cultural la compra de votos y el intercambio de sufragios por favores. En Barranquilla los Char tienen absoluto monopolio y control de buena parte del electorado y eso hace que a esa gente también le lleguen cosas, no solamente los 50 mil pesos, también reconocimientos, puestos públicos, trabajos, recomendaciones, tejas, cemento, ladrillos y otros beneficios que se agradecen en una ciudad tan jodida como esa”

García además señala que “se establece con los clanes una relación de dependencia, de lealtad en donde se termina confiando en ellos”.

El analista identifica otro factor determinante que denomina como ‘clientelismo mercenario’ que, aunque mantiene algunos rasgos habituales de los anteriores modos de clientelismo, “aquí se pierde el pudor, se pierden las formas. “Ya ni siquiera hay un clientelismo de mercado en términos de intercambio crudo, sino que incluso los pactos se rompen. No es seguro pactar con las clientelas”.

“Hay que establecer unos mecanismos de control férreo porque se voltean, incluso con gatilleros o pistoleros que se encargan de ajustar cuentas y garantizar la disciplina de los votantes”, concluye Federico García.

Así las cosas, es evidente que la maquinaria está en todos los ámbitos, desde el privado hasta el estatal. La danza de los millones se mueve entre las empresas privadas, los funcionarios públicos, los contratistas, las organizaciones políticas corruptas y los electores. Detectarla es muy difícil y esta vez los clanes serán más sigilosos.

Los mismos líderes reconocen que muchos electores ya no venderán su voto y que otros les han dicho que votarán por el Pacto Histórico. También saben que ahora los vigilan más y que hay personas que quieren denunciarlos. Y con todo el conocimiento que tienen sobre las movidas de la política en Barranquilla, uno de ellos expresó categóricamente que si se pudiera detener la compra de votos no habría mucha diferencia, porque “las elecciones se las roban es en la Registraduría”.

Juan Carlos Hurtado Fonseca

Comunicador social y periodista con diecisiete años de experiencia en periodismo escrito sobre temas políticos y sociales, siempre en relación directa con organizaciones sociales. Tallerista en temas de comunicación, redacción y periodismo.

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