Este 8 de marzo de 2026 se llevaron a cabo las elecciones al Congreso (Senado y Cámara de Representantes) y las consultas interpartidistas para definir los próximos candidatos a la presidencia de Colombia. La Registraduría Nacional habilitó 125.259 mesas distribuidas en 13.746 puestos de votación en todo el territorio nacional e internacional.
Un total de 3.081 candidatos aspiraron a ocupar una curul en el Legislativo. Este proceso electoral dejó al descubierto varios puntos críticos. El primero de ellos es que la fuerza política más importante de Colombia sigue siendo el Pacto Histórico, que alcanzó los 4.413.636 votos. No obstante, le siguen de cerca el Centro Democrático (3.035.715 votos), el Partido Liberal (2.275.182), la Alianza por Colombia (1.904.154) y el Partido Conservador (1.863.663).
Estos últimos partidos tradicionalmente se han unido para frenar las reformas sociales progresistas del actual gobierno. Esto se traduce en que, si bien el Pacto obtuvo una votación importante y lidera la lista, no cuenta con las mayorías suficientes para aprobar los programas que favorecen al pueblo colombiano sin necesidad de alianzas.
Los tentáculos del Centro Democrático no solo se extienden hacia la «parapolítica» —la alianza de políticos con grupos criminales y narcotraficantes—, sino que mantienen prácticas delictivas como la compra de votos. De hecho, el caso más reciente fue la captura del exgobernador Víctor Hugo Morales, candidato a la Cámara por Amazonas, a quien se le encontró una bolsa con más de 20 millones de pesos en efectivo, presuntamente destinados a corromper el proceso electoral.
A esto se suma la alianza con sectores religiosos. Uno de ellos, la Iglesia Internacional de Jesucristo, ha sido cuestionada por presunto lavado de activos y por coaccionar a sus feligreses para votar contra cualquier proyecto de izquierda. El brazo político de esta estructura es el partido MIRA, que suele operar bajo la órbita de las directrices de Álvaro Uribe.
En conclusión, el Pacto Histórico y el sector progresista ganaron en dos frentes: una gran movilización ciudadana —un pueblo más politizado— y la consolidación como principal fuerza política. Sin embargo, deben mantener la disciplina y evitar fracturas internas que ya les costaron espacios, como la Cámara Internacional. La pugna entre la exrepresentante Carmen Boscán, directivas del Pacto Histórico y las bases en el exterior (lideradas por activistas como Géner Usuga y Beto Coral) dividió al electorado. Esa falta de cohesión, el exceso de egos y falta de conciencia política que ellos son simplemente un instrumento para desarrollar un plan de país, permitieron que una representación clave para los colombianos en el exterior regresara a manos del uribismo.
En ese mismo orden, destaca la participación de Roy Barreras en la consulta del Frente Amplio por la Vida. Si bien obtuvo 250.000 votos, fue la consulta con menor tracción, quedando muy por debajo de los 1.540.391 votos de Iván Cepeda (Pacto Histórico). Los resultados de Barreras parecen ser producto de su desconexión con las bases de Cepeda y de una lectura errónea del electorado actual, que ya no vota como hace una década.
Respecto a la Cámara de Comunidades Afrodescendientes, se puede decir, a priori, que la comunidad ganó al elegir a Óscar David Benavides. El joven abogado tumaqueño logró arrebatarle el escaño a Miguel Polo Polo con más de 125.440 votos (29,96%). Estas curules especiales han sido objeto de burla debido a candidatos que, como Miguel Polo Polo, llegan con discursos de identidad racial, pero terminan subordinados a la derecha. Benavides queda ahora en «periodo de prueba» ante sus electores.
Finalmente, el gran triunfo para el sector progresista es la salida del Congreso de figuras como Katherine Miranda, Angélica Lozano, Álvaro Uribe Vélez y el mencionado Polo Polo, cuestionados por su falta de compromiso con las políticas sociales del pueblo.





