Brasil refuerza su estrategia global entre China, Estados Unidos y el Sur Global
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca mantener una posición de equilibrio internacional frente al actual escenario de fragmentación del comercio global. La directriz central del Palacio de Planalto consiste en garantizar la seguridad económica del país, conteniendo los efectos del «arancelazo» de Estados Unidos a las empresas nacionales —que alcanza hasta un 37,5 %— y mitigando las consecuencias económicas de los conflictos en Ucrania y Oriente Medio.
Desde hace meses, el Gobierno federal ha anunciado medidas, algunas ya sancionadas, para frenar el alza internacional de los combustibles y los fertilizantes. Sin embargo, diversos análisis técnicos demuestran que estas han tenido un efecto limitado, especialmente en los precios finales de los surtidores en todo el país. Aquí radica el núcleo del aumento del costo de vida, una preocupación primordial para los brasileños a tan solo dos semanas de la primera vuelta de unas reñidas elecciones presidenciales. En este contexto, cobran un valor estratégico invaluable las relaciones con China —en ascenso bajo la actual gestión—, así como los vínculos comerciales con la Unión Europea, el Mercosur, los países de los BRICS+, la ASEAN, África Austral y el Sur Global en su conjunto. Cabe subrayarlo: nada está garantizado en los próximos comicios.
Con serenidad, la diplomacia brasileña y el Palacio de Planalto han sido prudentes y eficaces al diseñar sus medidas de respuesta. Aun frente al arancelazo, la expectativa entre los interlocutores del presidente Lula es que las reuniones previstas para las próximas semanas con la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos sirvan para revisar las acusaciones infundadas de Washington. Se espera que prevalezca el trato cordial entre Lula y Trump, un tono que, de manera sorprendente, fue impulsado por el propio mandatario estadounidense durante la conversación telefónica que mantuvieron el 21 de agosto.
La respuesta de Brasil también tiene un profundo calado político. Hoy, la democracia del país es más sólida, eficiente y madura. Los Tres Poderes —incluido un Supremo Tribunal Federal envuelto en acusaciones de corrupción y en una guerra abierta entre sus ministros— no solo rechazaron las medidas unilaterales adoptadas contra el país, sino que reafirmaron proactivamente que cualquier intento de interferencia electoral destinado a favorecer a Flávio Bolsonaro está condenado al fracaso.
El origen de esta ofensiva política se encuentra en el Departamento de Estado, influenciado por brasileños bolsonaristas instalados en Washington y considerados traidores a la patria. Estos grupos operan incansablemente desde la capital estadounidense y desde bases vinculadas al gabinete del odio de la extrema derecha, tanto en Estados Unidos como en países vecinos. Su objetivo es aprovechar el ala ideológica de la Administración Trump y la ofensiva más amplia de Estados Unidos sobre América del Sur para arrastrar a Brasil hacia una agenda carente de propuestas. Las tácticas empleadas —como la lucha contra el narcotráfico mediante el Escudo de las Américas, la presión antinacional y antichina de la Embajada estadounidense y la retórica exacerbada de latinoamericanos acomplejados radicados en el norte— no aportan soluciones ni surtirán efecto, a menos que se produzca una escalada militar, un escenario donde no se descarta nada.
Incluso ante una eventual mejora en las relaciones con Estados Unidos, el Gobierno de Lula debe asimilar que Washington no puede ser considerado un socio estable y confiable. Al mismo tiempo, no puede perder de vista la correlación de fuerzas ni, en última instancia, la supremacía militar que Estados Unidos ejerce en América del Sur. Es precisamente en este punto de inflexión de donde nace la necesidad vital de equilibrio.
Bajo este panorama, el hito más relevante de la última semana fue el respaldo político del presidente de China, Xi Jinping, a su homólogo brasileño, materializado en la carta que el asesor especial Celso Amorim entregó al canciller chino Wang Yi en Pekín. El documento subraya que la relación estratégica entre Brasil y China avanza con firmeza. Además de consolidar a Pekín como un actor central en el tablero económico brasileño, queda claro que China no ve a Luiz Inácio Lula da Silva como un simple candidato, sino como un líder histórico, el único capaz de profundizar los lazos comerciales en perfecta alineación con la estrategia nacional de reindustrialización.





