En una conversación íntima y reveladora, la periodista Rosalba Alarcón Peña recoge el testimonio de su madre, una mujer de 76 años cuya formación política nació entre la persecución y la resistencia. Desde la lectura a la luz de las hogueras hasta el análisis de la violencia estructural de las élites, este relato recorre la historia de la exclusión en el país y explica por qué la figura de Iván Cepeda se ha convertido en un símbolo de ética para quienes, desde el campo, se niegan a olvidar.
Soy hija de campesinos comunistas. Mi madre, con tan solo segundo de primaria, nos da clases de política; de esas que hacen falta para comprender la realidad: sin rodeos, con claridad y firmeza en la ética y los principios. Le consulto a mi mami: «Mamá, ¿de dónde aprendió a hablar de política y a analizar el contexto actual?». Ella tiene 76 años.

A pesar de que no pudo estudiar por las condiciones de empobrecimiento, se organizó en la Juventud Comunista —nacida en 1930 y consolidada en 1960—. Allí les enseñaron a leer, a escribir y a analizar sus contextos, pero no infundiéndoles odio, como lo hacen hoy algunos politiqueros. Allá analizaban las causas, el porqué de la situación, quiénes eran los causantes y cómo se desarrollaban sus políticas. Nosotros debatíamos, proponíamos y nos empoderábamos en la construcción de una Colombia unida y con cambios estructurales.
Para poder estudiar, muchos campesinos comenzamos a leer con la luz de una vela o de la hoguera donde cocinábamos. Teníamos que enterrar los libros porque llegaban los «pájaros» —grupos creados por gobiernos conservadores durante el periodo de La Violencia, específicamente bajo el mandato de Mariano Ospina—. Si nos encontraban libros, nos torturaban y nos metían presos; algunos jóvenes fueron asesinados. Al ver esa persecución absurda, uno se pregunta: ¿cómo es posible que un gobierno asesine a su población porque estudia? Claro, ellos prefieren que el campesinado continúe sin conocimientos para que no cuestionen sus decisiones.
La vieja política de la familia de la hoy candidata Paloma Valencia es la misma de su abuelo y su bisabuelo. En el periodo de La Violencia, Guillermo Valencia Castillo preparó el terreno promoviendo políticas de exclusión y hambre, con un odio exacerbado por el campesinado. Luego llegó Guillermo León Valencia a la presidencia y fue lo mismo: hambre, explotación, plomo y miseria.
Ahora, Paloma Valencia se une con otros políticos de la «seguridad democrática», los que siguieron la estrategia de exterminio de los «pájaros», la «mano negra», «los 12 apóstoles» y los paramilitares. La élite colombiana está acostumbrada a heredar el poder político y no les importa unirse y crear grupos armados para mantener la violencia. La violencia estructural del Estado no la hicieron los comunistas; la hicieron los conservadores, las élites empresariales y los políticos de hace más de 190 años, esa misma casta a la que pertenece Paloma Valencia y que busca perpetuarse.
No es casualidad que ella niegue todo tipo de derecho para el pueblo colombiano; no apoya las reformas de salud, educación y menos el alza salarial, porque no les importa seguir aplicando un plan de esclavitud, exterminio político y persecución. La violencia de la élite es estructural: no solo busca asesinar físicamente al pueblo, sino que persigue el «memoricidio»; exterminar sueños, raíces, ideales colectivos y la visión del otro. Así han querido hacer con Gaitán, con Manuel Cepeda y con todo líder político, para que la juventud actual no conozca la historia de nuestro país.
Cuando supe que Iván Cepeda había llegado al Senado —él, que sufrió el asesinato de su padre, Manuel Cepeda— no dudé ni un segundo en apoyarlo, porque Cepeda representa la dignidad, la voz de miles de víctimas y es un símbolo de moral y ética política para Colombia.
«Fíjese usted, Rosalba», dice mi madre, «Cepeda jamás ha insultado a uno de sus adversarios en toda su carrera política. En sus debates, pese a recibir calumnias, amenazas e insultos, él solo presenta sus argumentos políticos, jurídicos y sociales. Siempre sereno pero firme; ese es el nivel que se nos enseñó en la Juventud Comunista» y que él con su ejemplo nos enseña.
«Educarnos políticamente es un deber moral y ético y un compromiso social si realmente queremos transformar nuestra realidad como pueblo».
No es casualidad que Cepeda hable de la revolución ética en un país donde los principios humanos están prostituidos. Educarnos políticamente es un deber moral y ético y un compromiso social si realmente queremos transformar nuestra realidad como pueblo. ¿Quién dijo que había que asesinar al otro por pensar diferente? No fuimos los comunistas; fueron los conservadores con las armas del Estado, mientras nosotros nos defendíamos con palas y azadones.
Nos asesinaron a todo un partido como la Unión Patriótica; nos asesinaron a más de 6,402 jóvenes campesinos; nos han masacrado físicamente y por hambre; nos han sometido a la desaparición forzada; amenazan a periodistas y a cualquier persona que le enseñe al pueblo a pensar diferente y a apropiarse de su realidad para transformarla.
Por eso les digo a los jóvenes: es muy fácil distinguir lo que está mal y lo que nos lleva al retraso y la persecución. Paloma viene de la cuna de la élite. ¿Quién fue y quién es esa élite? En cambio, si miramos a Cepeda, hijo de Manuel Cepeda y Yira Castro, vemos que ellos dejaron a su hijo para enseñarle a los colombianos cómo se hace política con ideales. No se persigue, se dialoga; no se discute por discutir, se presentan ideas para construir. No se esconde de la justicia, se busca la justicia. Él no evadió la responsabilidad de construir país; la asumió al aceptar el llamado del pueblo para dirigir sus riendas.
Ahora es responsabilidad de todos y todas prepararse desde cualquier área y rincón del país para asumir la gobernanza popular y apoyar a Cepeda en la dirección del país. A eso le llamamos corresponsabilidad.





