Conspirador infatigable. Fugitivo eterno a lo largo y ancho de tres continentes. Arquitecto febril de naciones imaginarias. Maestro en el ingrato oficio de siempre llegar temprano. Esta es la historia de Francisco de Miranda. Autor: Gonzalo Armua. Publicado en Revista Antagón el 17 de septiembre de 2026.
«Se va poniendo el orbe en tal estado […] que un hombre como éste podría él solo hacer más daño que muchísimos»
Conde de Aranda, 28 de noviembre de 1785
La caza del hombre
1782. El Caribe turquesino es un tablero de velas y de pólvora. Las escuadras de cuatro imperios cruzan las islas y los corsarios cobran patente de cualquier pabellón. Los gobernadores se espían entre sí. En ese tablero se mueve un capitán criollo, teniente coronel graduado; treinta y dos años, buena letra, cinco idiomas, propietario de una biblioteca portátil que carga de puerto en puerto como otros arrastran consigo el oro.
Francisco de Miranda –así se llama– acaba de negociar con los ingleses un canje de prisioneros en Jamaica mientras organiza la toma de las islas Bahamas. Pero habría de cometer un pecado imperdonable para el orden colonial: publicar la hazaña. En el texto desliza una alusión que pone en ridículo a Bernardo de Gálvez, sobrino del ministro de Indias y comandante general de las operaciones del Caribe.
La respuesta llega por escrito. Y con soldados. El 8 de agosto de 1782, apenas unos días después de aparecido el artículo, Gálvez lo arresta y le confisca todos sus libros y papeles. Lo encierran en el navío que ha de llevarlo a La Habana, donde una orden real dispone que se le prive «de toda comunicación y del uso de la escritura hasta que Su Majestad determine otra cosa». Sobre la ciudad corren rumores de motín.
El capitán general de Cuba se niega a entregarlo y argumenta que el oficial sigue bajo sus órdenes. Gálvez viaja a la isla para exigir que se lo entreguen en persona. «Entre tanto, la caza al hombre ha sido declarada. La orden que se da es de capturarlo ipso facto. Rumores diversos recorren la isla en todos los sentidos y lo ubican en mil sitios a la vez». Sobre él pesan a estas alturas cuatro órdenes reales de arresto y una orden del Consejo Supremo de la Inquisición, acusado de «lector de libros filosóficos». El comisario inquisitorial de La Habana, encargado de prenderlo, informa a sus superiores que el acusado ya regresó a España con el regimiento de Aragón, pero ni el regimiento ni el hombre han salido todavía del Caribe. Mientras la Corona lo busca en los muelles de Portugal y un tribunal lo condena en ausencia a diez años de destierro y a la pérdida del grado militar, el condenado recorre tranquilamente los Estados Unidos, y conversa con George Washington y con Thomas Paine.
El prófugo tenía treinta y tres años y acababa de empezar su periplo. Le quedaban treinta y tres años más de persecución continua, de un extremo al otro del planeta. En ese lapso iba a inventarle a Nuestra América nada menos que un nombre, una Constitución y también un destino.
Un canario entre mantuanos
La escena fundante de su vida ocurrió mucho antes. Sebastián de Miranda Ravelo, comerciante canario, hizo fortuna en Caracas vendiendo telas y llegó a capitanear una compañía de milicias de isleños. La aristocracia del cacao consideró intolerable que un tendero de las islas vistiera uniforme de oficial. Aquellos isleños formaban la casta de los «blancos de orilla», gente llegada después de la Conquista, sin pretensiones nobiliarias, acostumbrados, en sus ínsulas angostas, a economizar hasta el último hilito de agua y a abonar al máximo sus pequeñas parcelas de tierra. El niño Francisco creció mirando el orden colonial desde dentro, pero sin pertenecer del todo. Aquel lugar fue pródigo en mercaderes resentidos, y también en revolucionarios. En enero de 1771 –ya siendo un veinteañero– se embarcó en La Guaira rumbo a Cádiz y desde ese mismo año comenzó a registrar sus gastos, sus lecturas y sus extensos itinerarios.
Compró una capitanía en el Regimiento de Infantería de la Princesa. Estudió idiomas, matemáticas y geografía, y devoró a los clásicos con el hambre del que intuye que la erudición es la única aristocracia que puede conquistarse sin partida de bautismo. Defendió Melilla del ataque del sultán de Marruecos. De regreso, pasó por Gibraltar –en manos inglesas– y trabó amistad con el gobernador Boyd y con el comerciante John Turnbull, hombre de negocios en el Caribe, muy interesado en la suerte de Venezuela y en sus cuatro mil kilómetros de costa. Esa amistad duraría hasta el testamento.
También conoció el calabozo por primera vez. Su jefe de regimiento, que lo tenía por «plebeyo advenedizo», lo hizo procesar. El antiguo pleito de su padre se repetía, ahora del otro lado del océano.
El soldado que descubrió el mapa
En abril de 1780 zarpó de Cádiz con el Ejército de Operaciones de América, la fuerza que España enviaba al Caribe para golpear a Inglaterra por la retaguardia, bajo el pretexto de auxiliar a los colonos norteamericanos sublevados. Un año más tarde combatió en la toma de Pensacola bajo el mando de Bernardo de Gálvez y fue ascendido a teniente coronel.
En las plazas conquistadas de Florida, Miranda tuvo ante sí el mapa completo. Vio que el imperio se extendía desde la margen derecha del Misisipi hasta los hielos australes, y que ese territorio inmenso constituía una sola estructura de dominación y que, por lo tanto, podría conformar una misma estructura de liberación. Fue testigo de cómo los ingleses perdían sus trece colonias del norte, e intuyó que el mismo destino podía aguardar a las del sur. Pero, sobre todo, Miranda pensó en la escala de América, en una dimensión en la que nadie había pensado hasta entonces.
El resto de aquellos años caribeños ya lo conocemos. La historiadora venezolana Carmen Bohórquez sostiene que la ruptura era inevitable, pues las circunstancias lo habían investido «falsamente y sucesivamente, del rol de hereje, de traidor, de contrabandista y, finalmente, de desertor», y que solo el último podía atribuírsele con algo de justicia.
Desde Filadelfia empezaron a llegar a Madrid informes que convertían un expediente disciplinario en asunto de Estado. Uno de ellos, firmado por Joaquín de Quintana en enero de 1784, advertía al ministro Gálvez que aquel capitán del Regimiento de la Princesa «se va a Londres a presentar un proyecto sobre tomar algunas plazas en nuestra Costa Occidental de América, que a V.E. le será muy sensible, y a España pernicioso».
Mientras más se empeñaba la Corona en prenderlo, más atraía Miranda el interés y la protección de otras potencias. Fue la persecución española la que fabricó al personaje de fama internacional. Más que por lo que hacía, Miranda fue temido en un principio por aquello que representaba.
Cuatro años, tres continentes
Recorrió las trece antiguas colonias del norte y tomó nota de todo, observando a la república en construcción con ojos de ingeniero. En diciembre de 1784 zarpó de Boston hacia Londres. Seis meses más tarde inició su periplo. En agosto de 1785 ya estaba en Berlín presenciando las maniobras del ejército de Federico II, con doscientos mil hombres considerados los mejores de Europa.
Descendió después por Hungría, Austria e Italia. En Venecia estableció sus primeros contactos con los jesuitas expulsados de los dominios españoles, una red de exiliados cultísimos que conspiraba contra la Corona y amparaba a cada opositor. En ese mundo circulaban ya los intelectuales criollos que reescribían la imagen de América desde el destierro: el mexicano Francisco Javier Clavijero, el chileno Juan Ignacio Molina y el peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán, cuya Carta a los españoles americanos Miranda haría imprimir años más tarde.
Mientras tanto, Madrid organizaba su cacería a distancia. Una carta cifrada de Bernardo del Campo a la legación española en Rusia instruía a sus agentes con una descripción que podemos leer hoy como un elogio involuntario: «Es mozo de treinta años, natural de Caracas, hombre instruido y de talento, pero de imaginación inflamada, y gran partidario de la independencia. Si acaso V.S. lo ve y lo trata no se muestre con él desconfiado, pero después de observarle sírvase comunicarme (y también a nuestra Corte en cifra) lo que descubriere». La red diplomática de todo un imperio se dedicaba a seguir los pasos de un solo hombre, carente de patria, y carente de tropa.
En julio de 1786 llegó a Constantinopla, donde permaneció ocho semanas, observando cuanto le estaba permitido ver a un extranjero. Los libros europeos que había comprado para informarse sobre los turcos, escribió, no le habían servido de nada: solo señalaban los aspectos negativos y omitían las virtudes de ese pueblo, la solidaridad, la lealtad hacia los extranjeros y una dignidad a toda prueba. «Lo que me hace pensar –concluía– que es más fácil formar una nación ilustre de un pueblo bárbaro, mas con carácter y dignidad, que de uno ya envilecido, aunque haya sido tan ilustre como el griego mismo».
Provisto de un pasaporte del representante ruso y de otro del internuncio austríaco –que de paso oficializaba el título de conde con que empezaba a moverse por Europa–, dejó el Bósforo rumbo a Jersón, puerto fundado por Grigori Potemkin ocho años antes en tierras arrebatadas a los turcos. Lo primero que encontró en el imperio ruso fue una cuarentena en condiciones durísimas. Lo segundo fue una hospitalidad sin límites.
En Jersón estudió la organización militar rusa, visitó cuarteles y fortalezas, obtuvo salvoconductos para Crimea y se incorporó con naturalidad a la vida social de la ciudad. Allí conoció a Potemkin, favorito de la emperatriz y virtual soberano del sur del imperio, a quien Miranda cautivó en encuentros sucesivos en los que casi todo el tiempo hablaban de política. En las entradas de su diario, por aquellos días, aparece con nitidez el desplazamiento decisivo que habría de forjar su identidad: la patria ya no es España, su patria es América, y dentro de ella la Provincia de Venezuela.
Después vino Kiev y el histórico encuentro. Algunos lo llamarían romance. Para presentarse ante la emperatriz Catalina II se mandó hacer un uniforme «de fantasía» de coronel español. Rusia y España mantenían entonces sendas escuadras en el Pacífico y se disputaban el norte del continente americano: España había extendido su dominio hasta los 59 grados de latitud norte y Rusia, instalada en las islas cercanas a Alaska, buscaba avanzar hacia el sur. Un contradictor abierto del dominio español en América, capaz de aportar información precisa sobre el estado de las colonias y con formación militar acreditada, resultaba una pieza más que interesante. Catalina consideró la posibilidad de encomendarle una expedición sobre las costas americanas del Pacífico.
Pero Miranda declinó. Así como declinó también la invitación a incorporarse a los cuadros superiores de la armada imperial cuando estalló la guerra con Turquía, en agosto de 1787, así como la oferta de quedarse a hacer carrera militar en Rusia, al amparo de la zarina, lejos del alcance de la Inquisición. Un desterrado sin recursos rechazando el mando de una potencia para conservar intacto un proyecto que todavía no tenía ni un solo soldado.
Mientras tanto, el rey de España exigía al embajador ruso en Madrid la entrega o la expulsión del traidor. Catalina rechazó la demanda y manifestó su extrañeza ante Carlos III por la supuesta peligrosidad de un hombre separado de España por media Europa. La negativa multiplicó la notoriedad del perseguido, que se volvió un comensal codiciado de las familias aristocráticas y de los más altos círculos políticos rusos.
El encargado de negocios español envió una carta exigiéndole que probara su derecho a usar el título de conde y el uniforme español, bajo la amenaza de tomar represalias. El embajador francés Ségur y el representante de Nápoles se sumaron a las quejas de las tres cortes borbónicas. El resultado fue el contrario del buscado: para zanjar el conflicto y ahorrarle molestias a su protegido, la zarina le concedió el derecho a vestir el uniforme de coronel del ejército imperial ruso.
En septiembre de 1787 Miranda salió de Rusia. Lo hizo con diez mil rublos, más quinientos ducados de regalo para sus gastos de viaje, así como con la protección directa de todas las representaciones diplomáticas rusas en Europa y el derecho al uniforme imperial.
El regreso hacia Inglaterra fue un juego de espejos, repleto de identidades falsas. Para evitar conflictos con los ministros españoles y proseguir tranquilamente sus viajes decidió andar de incógnito. Desplegó entonces una extensa colección de nombres imaginarios, pero todos ellos derivados del propio: monsieur de Meroff, de Mirand, de Mérand, de Mairan, Meirat, Mirandow, Méroud. Se presentaba, por lo general, como un hombre de letras originario de Livonia. Años más tarde se convertiría en monsieur Lerroux para escapar de la policía de Fouché en Francia, y en míster Martin, mientras preparaba la expedición libertadora. En el último año de su vida, tratando de fugarse del Penal de La Carraca, firmaría sus cartas como Amindra. El fugitivo del Caribe nunca dejó de serlo del todo.
En Estocolmo lo alojó el embajador ruso, lo que hizo sospechar al rey Gustavo III que aquel viajero ignoto era un agente secreto de San Petersburgo. El monarca lo recibió varias veces –primero por curiosidad y después por la impresión que le causaron sus conocimientos– y rechazó la orden de arresto presentada por el ministro español. Siguieron Holanda, Bélgica y Suiza. Entró a Francia con nombre falso y pasaporte ruso. Llegó a París en mayo de 1789, en plena efervescencia revolucionaria, y en junio partió hacia Londres.
Cuatro años de camino. Tres continentes. Doce o quince nombres. Y un archivo inmenso creciendo en los baúles.
En la tormenta revolucionaria
En 1790, con la crisis desatada entre Londres y Madrid, Miranda supo que había llegado la hora. Presentó a William Pitt un plan completo de emancipación continental y esperó por la flota. La crisis se resolvió por vía diplomática, la flota nunca zarpó y el proyecto quedó archivado en las oficinas británicas junto con todos los documentos que Miranda había entregado.
Llegó a París en marzo de 1792, con cuarenta y dos años cumplidos. Artigas tenía entonces veintiocho años; San Martín, diecisiete; O’Higgins, catorce; Bolívar cumplía nueve; y Sucre no había nacido todavía.
En agosto de 1792 el pueblo de París asaltó las Tullerías, la monarquía dejó de existir y el poder pasó a un Consejo Ejecutivo Provisional de mayoría girondina, en donde Miranda contaba amigos por todas partes: Pétion, Roland, Brissot, Vergniaud, Clavière, Le Brun. Los ejércitos austro-prusianos marchaban sobre la capital para reimponer al rey. Francia necesitaba oficiales con experiencia y le ofreció al caraqueño el grado de mariscal de campo.
Miranda meditó y aceptó bajo condiciones escritas. Un desterrado sin ejército, sin territorio y sin Estado le imponía términos a una gran potencia en armas:
«Siendo la Libertad de los Pueblos un objeto igualmente interesante para la nación francesa –y principalmente la de los Pueblos que habitan la América del Sur– (…) se hace necesario que su causa sea protegida eficazmente por Francia, en tanto que es la causa de la Libertad, y que se me conceda el permiso (en el momento en que la ocasión se presente) de ocuparme principalmente de su bienestar, estableciendo la Libertad y la Independencia del País (…) de la cual me he encargado voluntariamente».
Al pie agregó una nota, advirtiendo que era bajo estas condiciones expresas que entraba al servicio de la Francia libre. El Consejo aceptó. El 4 de septiembre fue oficializado como mariscal de campo y destinado al ejército del Norte. Miranda entendía que su única mercancía era él mismo, y la cotizó al máximo de su valor.
El 20 de septiembre de 1792, en una meseta de la Champaña cubierta de niebla y barro, el ejército más prestigioso de Europa detuvo su marcha. Las tropas del duque de Brunswick avanzaban sobre París con la certeza de una excursión militar fulminante. Enfrente tenían soldados de leva, voluntarios sin instrucción, oficiales improvisados y un puñado de generales dispuestos a jugarse el pescuezo. La artillería francesa disparó durante horas. Pero los batallones no se rompieron. Los prusianos, empapados y desconcertados, finalmente tuvieron que dar media vuelta.
Del otro lado del terreno de operaciones, en el campamento prusiano, un poeta alemán que acompañaba a su duque sentenciaba ante los oficiales derrotados que ese mismo día, y en ese precio lugar, comenzaba una nueva época. Johann Wolfgang von Goethe no podía saber que entre los parteros de aquella historia nueva había uno nacido a orillas del Caribe, condenado en ausencia por el rey de España, que llevaba en el equipaje los planos de un país todavía inexistente.
En la misma jornada, en París, se instalaba la Convención Nacional. La monarquía murió dos veces aquel día: en el campo de batalla y en el recinto legislativo.
El general que se negó a ir a Haití
En noviembre le citaron con urgencia a París y le ofrecieron el mando de una escuadra que debía expedicionar sobre Santo Domingo y desde allí asaltar las colonias españolas. Brissot fue explícito: convencido de la necesidad de golpear a España en todos sus puntos vulnerables, consideraba que había que provocar una insurrección general en Hispanoamérica y que Miranda era el hombre indicado.
Le ofrecían, por primera vez en su vida, una flota y un ejército para hacer exactamente lo que llevaba diez años implorando en Londres, en Washington y en San Petersburgo.
Pero Miranda dijo que no.
Se negó por dos razones. La primera fue de cálculo: una Francia cercada por todas las potencias de Europa carecía de la capacidad real para sostener una empresa transatlántica, y él no pensaba entregar su proyecto a quien no pudiera cumplirlo a cabalidad. La segunda fue de principios. La misión incluía la «pacificación» de Saint-Domingue –el futuro Haití–, es decir, el aplastamiento de los negros insurgentes en los territorios fabolusamente ricos que la burguesía girondina se resistía a perder, pese a las flamantes declaraciones sobre los derechos del hombre y del ciudadano.
La firmeza de principios fue una constante. En 1804 se plantó ante los ingleses cuando estos sugirieron que, en caso de que una expedición a Venezuela resultara exitosa, el puerto de La Guaira quedara bajo dominio británico. En 1806 condenó la invasión inglesa de Buenos Aires y le respondió a su amigo el almirante Popham, que lo invitaba a sumarse a la expedición, que nada sólido ni estable podía construirse sin declarar antes la independencia absoluta.
Miranda siempre busco padrinos para su magna empresa, pero jamás aceptó un amo.
Amberes, Maastricht, Neerwinden
En aquel entonces volvió a Bélgica y dirigió el sitio de Amberes. La plaza cayó en cuatro días. Austríacos y prusianos salieron en desbandada del territorio belga y Miranda quedó al mando de dieciocho mil hombres, como jefe de todas las fuerzas francesas destacadas en el país. Un criollo de Caracas era de facto el gobernador militar de Flandes. Ningún americano había llegado nunca tan alto en la jerarquía de un ejército europeo, y ninguno volvería a alcanzar ese sitial.
Mientras tanto, en París, el rey era juzgado y guillotinado el 21 de enero de 1793. Inglaterra, España, Holanda, Rusia y media Alemania entraron en la coalición. La guerra dejó de ser una campaña para volverse un cerco total.
Miranda penetró en Holanda y sitió Maastricht. Los austríacos resistieron hasta que llegaron los refuerzos que rodearon a los sitiadores, y hubo que replegarse a Bélgica. Dumouriez, girondino de conveniencia, ya conspiraba contra la Convención. El 18 de marzo de 1793, en Neerwinden, el ala comandada por Miranda recibió el peso íntegro de la artillería enemiga. Alí Gómez García sostiene sin rodeos que el desastre fue fabricado: Dumouriez había pasado información a los austríacos y lanzó a Miranda sobre las posiciones más ventajosas del adversario. Días después, tras intentar arrastrarlo a su conspiración, el general francés desertó y se pasó al campo del enemigo.
El ejército de la República evacuó Bélgica. Alguien tenía que pagar.
Miranda fue detenido y llevado ante el Tribunal Revolucionario, acusado de traición y de complicidad con Dumouriez. Los jacobinos necesitaban un chivo expiatorio con el que desprestigiar al bloque girondino, y un extranjero con uniforme de general resultaba perfecto para desempeñar el papel.
El juicio fue un espectáculo. Su defensor fue Claude Chauveau-Lagarde, el mismo abogado que defendería después a Charlotte Corday y a María Antonieta. Declararon a su favor Condorcet, Cabanis y Thomas Paine.Y entonces ocurrió lo que solo podía ocurrirle a él: el hombre que llevaba veinte años atesorando cada papel que pasaba por sus manos abrió su archivo ante el tribunal y desplegó, una por una, todas las órdenes que Dumouriez le había girado sobre la batalla de Neerwinden. Su manía de coleccionista le salvó la cabeza. Quedó demostrado de manera fehaciente que Miranda se había limitado a cumplir instrucciones y que el verdadero traidor era quien ahora le acusaba. Fue absuelto en mayo de 1793.
La libertad le duró siete semanas. Caídos los girondinos, Miranda volvió a prisión el 9 de julio de 1793 y permaneció allí durante dieciocho meses. La acusación tenía esta vez un sabor de comedia siniestra: lo imputaron de ser agente de España y de conspirar para restaurar la monarquía. España lo perseguía por toda Europa con órdenes de arresto y Francia lo encarcelaba por espía español. En el reparto de sospechas todos ponían su cuota de fantasía: para los ingleses era una fiera republicana y un agente norteamericano; para los norteamericanos, un espía ruso; para los rusos, un mercenario francés; para los franceses, un servidor de cualquier causa o cualquier cosa.
Pasó ese año y medio en la cárcel. Y cuando ya se preparaba el juicio que lo habría enviado a la guillotina, el 9 de Termidor derribó a Robespierre y el proceso quedó sin efecto. Salió libre en enero de 1795.
Miranda escapó del ojo de la tormenta con una convicción bien fundada. Desde entonces reaccionó una y otra vez contra la posibilidad de instaurar en América «una libertad a la francesa».
Paradójicamente, su nombre quedó grabado en el Arco del Triunfo de París. Es el único americano que figura allí.
La casa de Grafton Street
Su patria, durante dos décadas, fue una casa londinense en Grafton Street, sostenida por Sarah Andrews, la mujer que compartió su vida desde 1800 y le dio dos hijos –Leandro y Francisco–, sin que nunca llegaran a casarse. Allí acumuló una biblioteca prodigiosa, encuadernó personalmente sus infinitos papeles y recibió a cuanto americano pasaba por Europa. Bernardo O’Higgins estudió con él. Andrés Bello y Luis López Méndez se alojaron bajo su techo.
Grafton Street fue la primera escuela de libertadores de nuestra América, años antes de que existiera un solo Estado independiente al sur del río Bravo. Fue desde ese cuartel general que desplegó una diplomacia insurgente sin un Estado que la respaldara.
Es precisamente allí en donde aparece la gran tensión de su práctica internacionalista. Miranda buscó siempre un padrino imperial. En enero de 1798 propuso a Pitt un régimen semejante al británico, con una Cámara de Comunes, otra de Nobles y un Inca hereditario. El primer ministro le respondió que antes preferiría ver «que los americanos españoles continuasen por un siglo súbditos obedientes bajo el opresivo gobierno del Rey de España, que verles sumergidos en las calamidades del abominable sistema de los franceses». Los padrinos del norte no eran más generosos: John Adams consideraba a los hispanoamericanos tan ignorantes y supersticiosos que fundar entre ellos una república democrática le parecía tan extravagante como establecerla «entre los pájaros, las bestias y los peces».
La propuesta monárquica enviada a Adams fue un recurso estratégico destinado a obtener tropas; tres años más tarde Miranda presentó al gabinete inglés planes netamente republicanos. Escribía a cada quien lo que cada interlocutor quería escuchar, o a lo sumo lo que podía tolerar. Esa plasticidad táctica lo mantuvo cuarenta años en el juego y lo dejó, al final, sin un solo aliado dispuesto a pagar la factura.
Dessalines-Miranda
En 1806, cansado de las antesalas ministeriales, decidió jugar su juego solo. En Nueva York consiguió un préstamo del comerciante Samuel Odgen, compró un bergantín al que bautizó Leander y reclutó unos doscientos hombres de todas las nacionalidades: norteamericanos, ingleses, franceses, polacos, austríacos, portugueses. Ningún sudamericano. Zarpó el 2 de febrero, delatado de antemano ante el embajador español y comentado ya por los diarios de Nueva York, que informaban sobre una «secreta expedición» destinada a conducir a los habitantes de las colonias españolas a una revolución.
Recaló en la ciudad de Jacmel, en el Haití de Jean-Jacques Dessalines, la única república nacida de una revolución de esclavos, retaguardia de todas las conspiraciones del Caribe. El 12 de marzo de 1806, sobre la cubierta del Leander, Francisco de Miranda izó por primera vez una bandera de tres franjas horizontales: amarilla, azul y roja.
Doce días más tarde formó a la tropa en cubierta, con los rangos ya establecidos y los uniformes puestos, y le tomó juramento ante el pabellón tricolor. Cada soldado prometió ser «fiel y leal al pueblo libre de Sur América, independiente de España». El mundo vió nacer al primer rudimento de ejército colombiano, en las proximidades de un puerto haitiano.
Doscientos años más tarde, cuando Hugo Chávez llegó a Puerto Príncipe, un joven levantó entre la multitud un cartel con dos nombres y un guión: «Dessalines-Miranda». Los pueblos suelen tener mejor memoria que las academias.
La expedición fracasó. El 26 de abril, frente a Ocumare, los guardacostas españoles capturaron las dos goletas de apoyo, el Bacchus y el Bee, con cincuenta y ocho hombres a bordo. El Leander escapó hacia Bonaire, Granada, Barbados y después hacia la isla de Trinidad. El 3 de agosto, con apoyo británico, Miranda desembarcó en La Vela de Coro y ocupó la ciudad. Fijó su proclama en las puertas de la iglesia y del cabildo el 4 de agosto. Encontró un silencio ensordecedor: la población había huido a los montes, los curas habían anunciado la llegada de un hereje excomulgado, y el general que traía proclamas impresas y la carta de Viscardo no halló a quien leérselas. Reembarcó el 13 de agosto.
Mientras esperaba entre cardones y tunas, España escarmentaba a los alzados. Los prisioneros fueron ejecutados y sus cabezas levantadas en perchas de nueve metros en las plazas de Ocumare, Puerto Cabello, La Guaira, Paparo, Valencia y Caracas.
Cinco años después, el pueblo caraqueño sí se movilizó, y Miranda entró en Caracas, justificado y triunfante.
Proyecto incaico ilustrado
Miranda se pasó la vida escribiendo constituciones para un país que no existía. En 1790 propuso una monarquía mixta. En 1801 formuló, ante el gabinete inglés, los proyectos de Gobierno Provisorio y de Gobierno Federal que constituyen la versión más madura de su pensamiento y que llevaría a Caracas casi una década después. En 1808 los reescribió en español para enviarlos a los cabildos americanos.
El territorio por él imaginado abarcaba desde la ribera sur del Misisipi hasta la Patagonia y se llamaba Colombia, nombre que acuñó en homenaje a Cristóbal Colón. La capital sería una ciudad nueva en el istmo de Panamá. Por ese mismo istmo debía abrirse un canal interoceánico, y acaso otro en Nicaragua. En Panamá propuso reunir un congreso de representantes de todas las provincias americanas, dieciocho años antes de que Bolívar lo convocara y fracasara.
La arquitectura institucional que imaginó fusionaba elementos del mundo andino con otros tomados de la Ilustración europea. Los cabildos elegirían asambleas provinciales; las asambleas a la Dieta Imperial, rebautizada después como Concilio Colombiano; y ese cuerpo legislativo designaría a dos ciudadanos que ejercerían el poder ejecutivo. «Su título será Incas, nombre venerable en el país», escribió Miranda. De los dos, uno permanecería junto al legislativo y el otro recorrería sin descanso la inmensidad del territorio, como si el poder debiera desdoblarse para abarcar a todo un continente. Las milicias responderían a un generalísimo. La administración del tesoro recaería en cuestores; los censos y la instrucción pública, en censores; los caminos del imperio, en ediles. Los gobernadores provinciales se llamarían curacas. Los cargos durarían cinco años, sin reelección inmediata. Y todos los funcionarios, incluidos los Incas, deberían responder ante la justicia.
Miranda adelantó disposiciones de un radicalismo notable para su época: propuso la abolición de los impuestos personales que pesaban sobre los indígenas, la tolerancia religiosa como antídoto contra el renacimiento de un Estado inquisitorial, y una Iglesia americana autónoma en la que «los curas de toda la provincia serán también nombrados, o confirmados por sus parroquianos respectivos».
El conspirador infatigable tomó del Tahuantinsuyo la insignia y dejó la sustancia. Ese gesto define el techo del proyecto criollo ilustrado, el mismo contra el que chocaría Bolívar en Panamá: una emancipación diseñada por una élite, que necesitaba a las multitudes indígenas, negras y mestizas para hacer la guerra, pero que no las contemplaba para edificar la República. Los hombres piensan en principio dentro de las condiciones que les imponen su tiempo y su clase; la grandeza consiste en saber empujar los bordes de esas condiciones hasta donde lo permitan la astucia y la fuerza.
Quince meses
El 10 de diciembre de 1810 desembarcó en La Guaira. Habían pasado ya treinta y siete años. Lo trajo consigo la misión diplomática que un joven Bolívar había conducido a Londres.
Los quince meses siguientes fueron los únicos de toda su vida en que ejerció el poder en su propia tierra. Impulsó la Sociedad Patriótica, el club jacobino de la revolución venezolana, y empujó a los indecisos hacia la ruptura definitiva con la monarquía. Fue diputado por El Pao y firmó, el 5 de julio de 1811, el Acta de Independencia. Presentó sus planes de gobierno a la comisión constitucional y los criollos de Caracas –los mismos que habían pleiteado contra su padre por un uniforme– prefirieron una federación de provincias calcada del modelo norteamericano. Miranda hizo constar su desacuerdo en el momento de la firma.
Después vino la catástrofe. El terremoto del 26 de marzo de 1812 destruyó las ciudades patriotas y dejó en pie, con puntería teológica, varias plazas realistas. Los esclavizados de Barlovento se alzaron contra unos amos que les hablaban de una libertad ajena. El 23 de abril el congreso concedió a Miranda poderes plenarios y el título de generalísimo. Pero lo que le entregaron fue el mando de un naufragio.
La caída de Puerto Cabello, sublevada desde adentro por los prisioneros realistas, quebró la última esperanza. El 25 de julio Miranda firmó la capitulación. Su cálculo fue el de un militar que cuenta los fusiles disponibles y concluye que la resistencia costará más vidas que la rendición. Su intención declarada era pasar a la Nueva Granada, reorganizar el ejército y recomenzar la lucha. Sus oficiales lo leyeron como cobardía y como acto de traición.
La Guaira
Es la madrugada del 31 de julio de 1812 y el puerto huele a brea, a fruta podrida y a derrota. En una habitación duerme un hombre de sesenta y dos años que ha combatido en tres continentes.
Cuando lo despiertan, el generalísimo cree que ha llegado la hora de zarpar. Toma la bujía, la levanta a la altura de los rostros que lo rodean y reconoce, uno a uno, a sus propios oficiales. Entre ellos se encuentra un coronel de veintinueve años llamado Simón Bolívar, el más exaltado de todos, partidario de fusilarlo allí mismo por haber capitulado ante un enemigo inferior.
Entonces pronuncia las palabras que la historia oficial convertiría en epitafio y en condena: «Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche».
Otra vez se buscaba un chivo expiatorio, y nadie, como Miranda, sabía vestir ese traje. Unos actuaban por indignación patriota y otros, como Casas, buscaban congraciarse con el vencedor. Así, treinta años después de haber sido declarado desertor y reo de Estado, y de haber sido perseguido de un extremo al otro del planeta, cayó por fin en manos de los españoles y fue encerrado en un calabozo de La Guaira.
Alí Gómez García, que amaba a Miranda tanto como amaba a Bolívar, encontró la manera de narrar el episodio sin absolver a nadie: escribió que el Libertador heredó junto con la causa el calvario mirandino, y que el bochinche siguió su curso cuando Ribas, Piar y Bermúdez lo desconocieron en Carúpano, cuando lo expulsaron de Cartagena, cuando se le insubordinaron Mariño y Piar.
Los últimos cuatro años transcurrieron en el subsuelo. Del calabozo de La Guaira a la fortaleza de Puerto Cabello. Miranda escribió memoriales que nadie leyó, exigiendo que se cumplieran los términos de la capitulación y se liberara a los presos venezolanos.
Preparó cuidadosamente su fuga, con el mismo endemoniado empeño con que lo hacía todo. La noche del 25 de marzo de 1816, a punto de ejecutar su plan maestro, lo derribó un ataque de apoplejía.
Murió el 14 de julio de 1816, a la una y cinco de la mañana, en el aniversario exacto de la toma de la Bastilla.
Colombeia
Queda el archivo, y el archivo es la última epopeya de esta historia.
Antes de salir de Caracas, Miranda ordenó a su secretario embarcar sus papeles rumbo a Curazao. Sesenta y tres volúmenes encuadernados por su propia mano; más de nueve mil documentos, cuarenta años de conspiración transatlántica. Cartas de Washington y Catalina, planos de fortificaciones, facturas de librería, diarios escritos en cuatro idiomas, partituras militares, listas de precios de Filadelfia y Constantinopla.
Llamó a su plan «Colombeia», palabra que fabricó en griego a partir de Colombia, y que provenía a su vez de la «Columbia» acuñada por Phillis Wheatley, poeta afroamericana nacida esclava, en un poema dedicado a Washington. El nombre de nuestra utopía continental nació de la pluma de una mujer negra esclavizada.
Los papeles se perdieron durante más de un siglo. En 1922, el historiador estadounidense William Spence Robertson dio con ellos mientras preparaba una biografía: dormían en una biblioteca privada de Cirencester, en la campiña inglesa.
Miranda se pasó la vida imaginando febrilmente un país que no existía y dejó como herencia la primera biblioteca de ese país. Es el gesto de un hombre que entendió antes que nadie una cuestión capital: quien no escribe, y documenta, y archiva su propia lucha, la deja, indefensa, en manos de su enemigo.
Napoleón Bonaparte, que sabía juzgar a los hombres de acción, lo despachó con una fórmula perfecta: «Un Quijote que no está loco».
Hoy lo conocemos como «el Precursor», y la palabra tiene un doble filo que rara vez advertimos. Nombra al que abre el camino y denomina también al que llega antes de tiempo. Al que intuye y muere sin ver. Al que se equivoca de siglo.
El internacionalismo consiste, en buena medida, en ese ingrato oficio de llegar temprano. En sostener a la intemperie una idea que la época todavía no puede alojar. En ir a pelear guerras ajenas, a sabiendas de que ninguna guerra por la libertad es completamente extraña.
Siglo y medio después, otro venezolano de sonrisa maliciosa se fue a pelear a las montañas de Nicaragua siguiendo los pasos de sus héroes. Se llamaba Alí Gómez García, escribió sobre el Precursor un libro al que tituló Peregrino de la libertad, y quedó sembrado bajo un eucalipto en el cementerio de Managua, bajo una lápida que dice: «La patria es América».
Miranda no alcanzó a leer esa frase. La escribió toda su vida.





