Este domingo 4 de octubre de 2026, el pueblo brasileño no acude a unas elecciones comunes. La candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva, por el Partido de los Trabajadores (PT), representa hoy el principal bastión de contención en las urnas frente a una ofensiva imperialista que busca reconfigurar el mapa político de Latinoamérica a través de la violencia, la desinformación y el fraude digital.
La contienda en el gigante suramericano se desarrolla en un escenario profundamente atípico. No nos enfrentamos a una derecha tradicional ni a un conservadurismo dentro de los márgenes democráticos, sino a la arremetida abierta del gobierno estadounidense de Donald Trump y su red de aliados regionales liderada por Marco Rubio. Esta alianza opera bajo un conocido modus operandi articulado por operadores como Fernando Cerimedo y corporaciones tecnológicas israelíes, especializadas en la manipulación de algoritmos, cibercampañas de desestabilización y la alteración de sistemas electorales para imponer regímenes ultraderechistas.
Esta estrategia de guerra psicológica apela al uso masivo de granjas de bots y la complicidad de las grandes corporaciones mediáticas. El objetivo es instalar en la opinión pública la falsa narrativa de un «empate técnico» o de una «polarización irresoluble». Con ello buscan sembrar el desánimo en el electorado progresista, distorsionar la intención de voto y construir el terreno narrativo perfecto para justificar la manipulación de los resultados.
A diferencia de sus mandatos anteriores (2003-2007, 2007-2011 y 2023-2026), Lula da Silva no enfrenta hoy a una diplomacia imperial solapada, sino a un poder más que colonial, es abiertamente descarado genocida que recurre al chantaje, las sanciones y las amenazas explícitas de intervención contra los gobiernos independientes de la región. Derrotar en las urnas al candidato ultraderechista Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), implica mucho más que vencer a la extrema derecha local: significa propinar un golpe al proyecto del «Escudo de las Américas», la doctrina con la que Washington pretende subordinar nuevamente al continente en su disputado pulso geopolítico frente a China y Rusia.
Aunque los sondeos ubican a Lula en el liderazgo de esta primera vuelta con cerca del 45% de la intención de voto, la amenaza no concluye este domingo. Los centros de poder en Tel Aviv y Washington medirán la correlación de fuerzas para intervenir de cara a una eventual segunda vuelta, reeditando el libreto aplicado en Colombia, donde la manipulación electoral facilitó la llegada al poder del ultra conservador Abelardo de la Espriella —abogado vinculado al paramilitarismo—, abriendo la puerta al retorno de las bases militares estadounidenses, la venta desmedida de recursos naturales y la alianza irrestricta con Israel.
¿Qué está en juego para nuestra América?
Si Brasil cae bajo el control del extremismo derechista, el impacto colapsaría el equilibrio geoestratégico de la región. En el plano económico, la pérdida del principal motor suramericano asestaría un duro golpe al Banco del BRICS, bloque del cual Brasil es socio fundador y pilar fundamental junto a China, Rusia e India para la construcción de un orden multipolar.
En el plano político e ideológico, la consolidación de este eje implicaría la imposición de una hegemonía tecnológica, militar y cultural ejercida por Estados Unidos e Israel. Se trata de la sofisticación del «historicidio»: la borradura sistemática de la memoria colectiva, la identidad de los pueblos y los derechos de las mayorías, una doctrina de exterminio político que evoca las páginas más oscuras del siglo XX.
A la captura económica le sigue inevitablemente la dominación militar. El antecedente quedó fijado el 31 de julio de 2019, cuando Jair Bolsonaro vinculó a Brasil como «aliado principal no-OTAN» bajo el primer mandato de Trump. Hoy, su hijo Flávio Bolsonaro representa la continuidad de esos decretos de sumisión, orientados a ceder la soberanía territorial, los bienes comunes y el control de las rutas estratégicas a las fuerzas armadas estadounidenses.
La batalla que se libra en las urnas brasileñas es la batalla por la dignidad y la independencia de toda Latinoamérica. Defender la victoria popular de Lula da Silva es cerrar el paso al fraude imperial y reafirmar el derecho inalienable de nuestros pueblos a construir su propio destino.





