Neoliberalismo psíquico y la nueva ruta de LIBERACIÓN
Hay palabras que el poder ama porque suenan a rebeldía mientras trabajan para el orden establecido. «Autenticidad» es una de ellas. Nos han vendido la idea de que ser auténticos —ese «sé tú mismo» repetido hasta el hartazgo en anuncios, coaches de vida y biografías de Instagram— es el último gesto de libertad que le queda al individuo contemporáneo. El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han desmonta esa fantasía con una tesis incómoda: la autenticidad no nos libera, nos encierra. Nos convierte en empresarios de nosotros mismos, obligados a producirnos, exhibirnos y venderla como mercancía en un mercado que jamás descansa.
No se trata de un matiz filosófico menor. Se trata de entender por qué millones de personas confunden el agotamiento con la realización personal, por qué la epidemia de ansiedad y vacío existencial crece exactamente al mismo ritmo que crece el imperativo de «encontrarse a uno mismo». Han lo llama, con precisión quirúrgica, el terror de la autenticidad.
La lógica es tan simple como perversa. Si ya no hay una autoridad externa que me diga quién debo ser —ni la Iglesia, ni el partido, ni el patrón tradicional—, entonces soy yo quien debe fabricarse a sí mismo, minuto a minuto, publicación a publicación. El problema es que esa libertad aparente esconde una coerción más eficaz que cualquier represión abierta: la obligación de vigilarse, compararse y optimizarse sin tregua.
Lo que antes era explotación de un patrón hacia un trabajador, hoy es autoexplotación disfrazada de proyecto personal. El sujeto contemporáneo no descansa porque teme que el descanso lo vuelva irrelevante en la vitrina permanente en la que se ha convertido su vida. Y cuando ese yo, saturado de sí mismo, ya no encuentra al otro como fuente de reconocimiento genuino, aparecen los síntomas que Han enumera sin piedad: el vacío, la fatiga crónica, la autolesión como intento desesperado de sentir algo, la superficie pulida de una imagen que oculta, por debajo, una herida. La autenticidad prometía comunidad y entregó aislamiento. Prometía sentido y entregó una crisis generalizada de gratificación, donde el otro ya no es compañía sino competencia.
Gramsci y la sofisticación de la dominación
Aquí es donde el diagnóstico de Han deja de ser únicamente un lamento cultural y se revela como una pieza clave de análisis político contemporáneo, aunque el propio autor no lo articule en esos términos. Antonio Gramsci, casi un siglo atrás, ya había advertido que las clases dominantes no necesitan imponerse siempre por la fuerza bruta: les basta con construir hegemonía, es decir, lograr que sus valores, sus deseos y sus formas de entender el éxito se conviertan en sentido común compartido por quienes, precisamente, resultan perjudicados por ese orden.
El terror de la autenticidad es hegemonía cultural en su versión más refinada. Ya no hace falta que el capital nos obligue a producir: basta con convencernos de que producirnos a nosotros mismos, sin descanso, es la forma más elevada de libertad. El neoliberalismo ha logrado colonizar algo que ni la explotación fabril clásica alcanzó del todo: la psique. No solo extrae plusvalía del trabajo, extrae plusvalía de la identidad. Cada publicación, cada versión mejorada de nosotros mismos que mostramos al mundo, es trabajo no remunerado que alimenta plataformas, algoritmos y un mercado de la imagen que prospera exactamente gracias a nuestra angustia por no ser suficientes. El consentimiento, decía Gramsci, es más barato y más duradero que la represión. El neoliberalismo lo sabe, y ha encontrado en la autenticidad su instrumento de consentimiento más elegante.
Aquí conviene resistir la tentación del pesimismo que a veces impregna la obra de Han, como si no quedara salida posible frente a un sistema tan bien aceitado. Porque hay una diferencia decisiva entre la autenticidad-mercancía que critica el filósofo y la autenticidad como acto político genuino: la capacidad de un sujeto o de una comunidad de nombrar su propia experiencia, sus contradicciones y sus deseos sin traducirlos automáticamente al lenguaje de la rentabilidad.
Esa autenticidad no comercializada —la que no busca likes sino verdad, la que no se produce para venderse sino para reconocerse colectivamente— es, precisamente, la materia prima de cualquier proyecto contrahegemónico. Gramsci hablaba de la necesidad de construir intelectuales orgánicos capaces de articular el sentir disperso de las clases populares en un proyecto político coherente. Hoy esa tarea pasa, en buena medida, por rescatar la autenticidad del secuestro publicitario: no para producir un yo más vendible, sino para politizar el malestar difuso que Han diagnostica tan bien. El vacío, la fatiga, la ansiedad no son destino biológico ni fracaso individual: son síntomas sociales, y como tales, tienen una salida colectiva.
Y aquí llega la propuesta más audaz, la que exige dejar atrás tanto la nostalgia romántica de desconectarse del mundo digital como la resignación de aceptar sus reglas tal cual nos las entregan. Las mismas plataformas que hoy funcionan como maquinaria de autoexplotación y aislamiento narcisista pueden convertirse en un caballo de Troya dentro de la propia fortaleza neoliberal.
No se trata de abandonar las redes, la tecnología ni los lenguajes de comunicación masiva que el capitalismo ha perfeccionado, sino de arrebatárselos a su lógica de acumulación, ego y monetización para ponerlos al servicio de la agitación cultural y la organización colectiva. Usar el mismo alcance algorítmico que hoy vende inseguridad para difundir análisis crítico. Usar la estética que hoy vende soledad disfrazada de éxito para tejer comunidad y solidaridad visibles. Usar la viralidad no para producir más yo, sino para producir más conciencia compartida. El neoliberalismo construyó estas herramientas para que reprodujéramos su hegemonía sin darnos cuenta; nada impide que las mismas herramientas, empuñadas con otra intención, sirvan para resquebrajarla desde dentro.
El terror de la autenticidad que describe Byung-Chul Han no es una curiosidad filosófica para debatir en cafés: es el mapa de una de las batallas políticas más decisivas de nuestro tiempo, la que se libra en el territorio íntimo de la subjetividad. Mientras sigamos creyendo que el vacío que sentimos como sociedad es un problema personal a resolver con más autoproducción política, más consumo y más exhibición, seguiremos alimentando exactamente el sistema que nos vacía.
La verdadera ruta de liberación no está en huir de la autenticidad, sino en arrancarla de las manos del mercado y devolverla a su sentido más radical: la posibilidad de reconocernos genuinamente unos a otros, de nombrar colectivamente nuestro malestar y de convertir ese reconocimiento en organización política critica, disciplinada, planificada y coordinada como un frente de batalla en unidad. No hay contrahegemonía posible sin sujetos capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, ni comunidad posible sin sujetos que dejen de tratarse como competencia. La tarea, ahora, es tan urgente como clara: dejar de producirnos para el mercado y empezar a reconocernos para la lucha.





